Al poco tiempo llegan las bendiciones

En muchas ocasiones cuando escribimos o hablamos sobre adicciones, sobre codependencia o sobre otras enfermedades similares, quizás como una forma de hacer prevención y compartir información, parece que nos enfocamos en los daños y consecuencias negativas que éstas ocasionan, como una forma de invitar a los que están en esa condición a evitar males mayores.

Hace muy poco, uno de mis hijos que es el administrador de las redes sociales de @laalegriadevivirenplenitud me señaló precisamente eso y me sugirió que también podíamos enviar mensajes positivos y esperanzadores, así como historias de éxito que puedan servir de motivación y aliciente para otros que aún están sufriendo.

Y justo pensando en el cumpleaños 24 de José Ángel, este domingo pude echar el reloj para atrás y recordar una historia personal que me permite afirmar que una vez que se ha estado completamente dispuesto a derrotar la adicción y a pedir ayuda, al poco tiempo llegan las bendiciones.

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Fue en febrero 14 de 1998 cuando, después de tocar un fondo de sufrimiento y estar esclavizado a la bebida, finalmente mi Poder Superior a través de sus representantes terrenales, me convencieron de pedir ayuda, de aceptar que tenía un grave problema con mi manera de beber y que mi vida se estaba yendo al abismo de las tinieblas, por lo que, en contra de mi voluntad, debo confesarlo, acudí por primera vez en mi vida a una junta de alcohólicos anónimos.

Más para calmar la crisis familiar que por un deseo real de querer dejar de beber, me puse también en manos de una excelente psiquiatra a quien acudí inicialmente para tratar mis problemas emocionales y mis vacíos existenciales, más allá de reconocer que tenía un tema de alcoholismo.

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Tal como lo he narrado en mis dos libros publicados, “La alegría de vivir: un viaje de las tinieblas a la luz” y “Rendirse para triunfar: la alegría de vivir”, mi proceso de rehabilitación, recuperación, abstinencia y posterior sobriedad, al igual que el de millones de adictos, comenzó con la negación y la conveniencia de tratarnos para resolver nuestros problemas familiares, económicos y sociales, sin que ello significara que en realidad quisiéramos aceptar nuestra enfermedad.

En mi caso, incluso como al mes de estar intentándolo, pasó por mi mente el deseo imperioso de volver a beber, lo cual gracias a Dios no sucedió y fue entonces cuando conscientemente decidí ponerle acción por mí y dejé de hacerlo por alguien más.

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Al igual que la mayoría de alcohólicos y adictos que hemos caído en una fase crónica, aunque públicamente lo negamos, hacia dentro de nosotros no podíamos ignorar un grave problema que no entendíamos y que no sabíamos cómo resolver.

Afortunadamente todo lo que me dijeron los compañeros AA que me recibieron, los primeros padrinos, mi primera psiquiatra y los demás terapeutas que he consultado a lo largo de mi vida, además de los beneficios tangibles que suceden al dejar de beber y la motivación de ir viendo cómo nos recuperábamos, la vida cambia y cambia para bien.

En ese mismo año de 1998, poco más de nueves meses después de haber visitado un grupo de enfermos alcohólicos igual que yo, el 4 de diciembre de esa inolvidable etapa de mi vida, nació mi segundo hijo, José Ángel, que fue uno de los milagros más hermosos de mi proceso al muy poco tiempo de haberme rendido para triunfar.

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De ser una familia joven en crisis, con alcoholismo y codependencia en casa, con nuestro único hijo Pedro a punto de vivir la separación de sus padres cuando tenía cerca de dos años, Dios nos hizo padres por segunda vez como para llenarnos de amor y esperanza de que si seguíamos en el camino de la recuperación, los mejores días de nuestras vidas estaban por delante.

Hoy, José Ángel, el Chepe, a sus 24 años y en la recta final de sus estudios de comunicación, es un consejero muy importante para mí en los proyectos digitales de mi desempeño como especialista en adicciones, postgrado que estudié profesionalmente años después de haberme recuperado y a lo que hoy también me dedico para ayudar a otros que sufren la enfermedad que yo padecí.

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Aunque en el camino no todo es miel sobre hojuelas y está lleno de subidas y bajadas, a mis otros dos hijos, a Gabriel y a Marcelo, también los ví nacer en abstinencia y en recuperación y ninguno de ellos tuvo que vivir lo que se vive en un hogar con alcoholismo.

Así que puedo afirmar sin temor a equivocarme, siendo testimonio de ello: al poco tiempo de la rehabilitación y recuperación de las adicciones, llegan las bendiciones.

Omar Cervantes Rodríguez