Copyright corporativo: tienes derecho a no tener derechos

Mickey Mouse. Imagen: Sosume Disney.

Durante cierto tiempo, corría el rumor de que entonar el «Happy Birthday to You» durante el cumpleaños de los mocosos de la casa podría provocar que un ejército de abogados entrasen en modo SWAT por las ventanas del salón, reclamando oro en concepto de derechos de autor. No era cierto, pero casi. Porque la idea de que el überpopular «Cumpleaños feliz» fuese una melodía con copyright estaba basada en hechos reales y para afrontar una demanda de poco nos serviría comprar oro WotLK barato.

El origen de la famosa canción para soplar velas se remonta al siglo XIX, cuando las hermanas Patty y Mildred J. Hill compusieron una tonadilla titulada «Good Morning to All» con el fin de animar a las bestiezuelas de una guardería. Era una cancioncilla que poseía la melodía del «Cumpleaños feliz» que conocemos hoy, pero que lucía una letra totalmente distinta sobre las bondades del madrugar o alguna patraña similar de las que se cantan a los niños para que amanezcan ilusionados. Aunque lo cierto es que «Good Morning to All» no era un tema completamente original, porque las hermanas habían hecho un Tarantino fusilando melodías de otras felicitaciones musicales de la época como «Happy Greetings to All», «Good Night to You All», «Happy New Year to All» y cualquier otra cosa que incluyese alegría impostada para todos. A principios del siglo XX, alguien pegó unas líneas que aparecían en un poema de Edith Goodyear Alger sobre la música de las hermanas Hill y nació un «Happy Birthday» más cercano al que conocemos.

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Las hermanas Hill, la alegría de la huerta. Imagen: Dominio público.

En 1935, un sello discográfico lanzó una versión al piano de «Good Morning to All» interpretada por Preston Warem Orem y con letra de R. R. Forman. Con el tiempo, los derechos de dicha canción acabaron en manos de la Warner Music Group, y aquí viene lo gordo: los abogados de Warner, gente que debe de tener dificultades para caminar sin pisarse la barbilla, se dedicaron durante décadas a reclamar pasta en concepto de derechos de autor a todo aquel que interpretase el «Happy Birthday to You» en algún producto comercial (como películas o series de televisión) o ante algún grupete de gente en el que hubiese gente que no fuesen familiares íntimos.

Sonaba delirante, pero a la altura de 2008 en la Warner estaban ingresando cinco mil pavos al día en concepto de derechos por el uso del «Happy Birthday to You». Tras varias demandas, en 2015 se dictaminó que la canción siempre había sido de dominio público, y Warner no solo perdió el copyright cumpleañero definitivamente, sino que tuvo que desembolsar varios millones de dólares para compensar a aquellos que había estado esquilmando.

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Propiedad intelectual

El copyright, la patente y la trademark (marca) son probablemente los tipos de propiedades intelectuales más famosos. Conceptos ideados para que sus poseedores sean los únicos con derecho a explotar las obras a las que están atados. El copyright nació en 1710 tras la invención de la imprenta para frenar un desmadrado mercado pirata de libros, las patentes se establecieron en el Estatuto de Venecia en 1474, y las leyes sobre marcas se definieron oficialmente en la Francia de 1857, aunque seiscientos años antes al bueno de Enrique III de Inglaterra ya se le había ocurrido un sistema de marcas para diferenciar la miga de los panaderos del reino. Tras crearse, estas propiedades intelectuales sufrieron un gritón de modificaciones a lo largo de los siglos hasta convertirse en lo que son hoy. Pero el rollo legislativo en un sindiós aburrido que ahora mismo no nos interesa. Porque hemos venido a hablar de compañías usureras y de copyrights loquísimos.

El problema de las propiedades intelectuales en el mundo del entretenimiento actual son los ejércitos de abogados a sueldo de las grandes empresas. Picapleitos muy amigos de la demanda que habitualmente creen que, estirando la idea de copyright, tienen derecho reclamar como propios los elementos más inverosímiles. Hay que apuntar aquí que el copyright otorga derechos por la forma en la que se representan ciertas ideas, pero no por las ideas en sí. Es decir, Disney podría meter una bonita multa a cualquier plagio evidente del pato Donald, pero no debería demandar a todo aquel que fabricase un pato que habla. Nótese el «no debería».

El publicista desencantado y kamikaze que protagonizaba la novela 13,99 euros de Frédéric Beigbeder clamaba airado en cierto momento que Pepsi tenía registrado el color azul. En el libro de fantasía Los pequeños hombres libres firmado por Terry Pratchett, una tropa de diminutos guerreros hooligans portaban armas que, al estilo El Señor de los Anillos, brillaban cuando el mal se paseaba cerca. Ocurría que dicho «mal» detectado por los filos mágicos no eran los orcos ni los dragones, sino algo mucho más terrorífico: esas criaturas malignas conocidas como abogados. La pulla a la Tierra Media por parte de Pratchett estaba justificada: sus editores vivían con miedo a que los herederos de Tolkien les demandasen por las parodias de personajes de El hobbit o El Señor de los Anillos que aparecían en la saga de Mundodisco. En general, las empresas más cabronas eran muy de exigir dineros por cualquier cosa, creyendo que todo el monte es ©.

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Pop

Marvel Comics y DC Comics no han sido siempre dos compañías enfrentadas a muerte, porque ambas comparten desde hace mucho tiempo algo muy bonito, y muy rentable: el derecho a ser las únicas empresas que pueden utilizar la palabra «superhéroe» en los tebeos estadounidenses. Algo que es consecuencia directa de haber firmado a medias, y sonriendo nerviosamente, el registro de la palabrita en 1979. Las razones para compartir dicha paternidad intelectual sobre el término eran obvias: resultaba mejor eso que enfrentarse en juicios eternos de ganador incierto, y en el fondo aquellas dos eran las compañías en las que el público siempre pensaba al oír hablar de «superhéroes».

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Imagen: Marvel.

Los tarados de la Iglesia de la Cienciología tienen registradas como trademarks palabras como «super power», «source» o «celebrity», aunque, como todo lo que ocurre en ese circo, no está del todo claro qué coño andan haciendo con ellas. Google es el dueño oficial del verbo «googlear». En las producciones de Warner es el único lugar donde alguien puede pronunciar la frase «That’s all folks!» («¡Eso es todo, amigos!») sin que un abogado le pregunte por la liquidez de sus cuentas bancarias. La NFL tiene registrado el nombre «Super Bowl» y eso a menudo obliga a los medios ajenos a referirse al evento dando rodeos y rebautizándolo como «El gran partido» o cosas similares, para evitar disgustos judiciales. En un momento dado, Paris Hilton intentó registrar su frase «That’s hot» y en las oficinas de patentes le dijeron «Mira, guapa, ¿dónde crees que vas?». En otra ocasión, Donald Trump intentó registrar la frase «You’re fired!», que utilizaba en el reality televisivo The Apprentice, y en las oficinas de patentes le dijeron «Mira, guapa, ¿dónde crees que vas?».

Al actor de doblaje que interpreta a Bob Esponja, Tom Kenny, solo se le permite utilizar la voz de aquel que vive-en-una-piña-debajo-del-mar en la serie de dibujos que protagoniza. La frase «Ningún animal ha sido herido durante el rodaje de esta película» es una marca registrada por la American Humane Association para evitar que se utilice a la ligera. Stephen Hawking registró como trademark el sonido de su voz computerizada. La Bolsa de Nueva York tiene registrado el sonido de la campana con la que se abre y se cierra cada una de sus jornadas. El comité olímpico se tomó la molestia de hacerse legalmente con todas las variantes existentes de logotipos donde apareciesen cinco anillos de colores enlazados entre sí. Una tarde, James Rhodes subió un vídeo a Facebook interpretando un clásico de Johann Sebastian Bach y se lo tiraron abajo por violar los derechos de autor. Detrás de aquella fechoría estaban los listillos de Sony, señores encorbatados que intentaron reclamar como propia toda la obra de Bach hasta que la opinión pública amenazó con comérselos.

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En el mundo del agente británico 007, la malvada organización SPECTRE permaneció cuatro décadas ausente de las adaptaciones cinematográficas porque el director, guionista y productor Kevin McClory poseía los derechos sobre el nombre SPECTRE y sobre la figura del villano Ernst Stavro Blofeld, ese calvo maligno que en la pantalla siempre aparecía amasando un gato. Se trataba de un reconocimiento que el hombre se había ganado limpiamente tras años batallando con Ian Fleming, creador de James Bond, sobre la autoría de la novela Operación trueno. Un libro de 1961 donde Fleming plagió descaradamente las ideas del guion de McClory para una película de 007 que aún estaba por estrenar. A causa de ello, desde los setenta, los films de la saga Bond tendrían estrictamente prohibido mentar a SPECTRE, o colocar a Blofeld como final boss.

En el estudio de cine que producía la franquicia reaccionaron ante la noticia de la mejor manera posible: haciendo que James Bond (Roger Moore) arrojase por una enorme chimenea a un secundario calvo, anónimo, con el rostro oculto y un gato en el regazo, durante los primeros minutos de la película Solo para sus ojos. En 2013, tras mil años mareando perdices, por fin se llegó a un acuerdo entre los dueños de los derechos y los productores de cine para volver a colocar a esos malosos en la gran pantalla, algo que los lectores más sagaces a lo mejor ya habrán supuesto.

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Spectre. Imagen: Eon Productions.

El caso de Sherlock Holmes es algo enrevesado. Desde principios de los dos miles el personaje pertenece al dominio público, pero no del todo. Porque las últimas nueve historias cortas sobre el detective firmadas por Arthur Conan Doyle aún están protegidas en tierras estadounidenses por unos derechos de autor, que caducarán en 2023, a los que están celosamente aferrados los herederos del escritor. Ocurre que el copyright sobre dichas historias no protege la silueta del investigador (cualquiera puede utilizarlo hoy legalmente en sus historias, eso es gratis) sino a los nuevos personajes y elementos introducidos en aquellos últimos relatos. Y aquí llega la treta, entre esos nuevos elementos introducidos se encontraba un complemento que Holmes no había lucido hasta ahora: los sentimientos. Porque aquellas aventuras tardías fueron escritas entre 1923 y 1927, después de una Primera Guerra Mundial que se había llevado por delante al hijo y al hermano de Doyle, dejando al escritor más sensible de lo normal. Como consecuencia de ello, el autor inyectó humanidad en su personaje, creando una versión de Sherlock Holmes menos fría, con más empatía y emociones que las anteriores. Y dicha encarnación es la que utilizan los poseedores actuales del copyright para reclamar dineros a golpe de demanda.

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Una de las últimas querellas aterrizó sobre la película Enola Holmes de Netflix, y de rebote sobre las novelas en las que estaba basada, la serie Las aventuras de Enola Holmes de Nancy Springer. A la cadena y a la escritora se les acusaba de utilizar ilegalmente ese Sherlock Holmes with a feeling que los dueños de los derechos consideraban suyo. La demanda fue desestimada por pasarse de listos y sentimentales.

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Enola Holmes. Imagen: Netflix.

Let’s play

En 2006, la Cruz Roja canadiense publicó una nota de prensa, dirigida a todas las compañías de videojuegos, solicitando que se dejase de utilizar la imagen de una cruz roja en los juegos porque se trataba de un símbolo protegido. En este caso no se reclamaban dineros, sino intentar que el logo (que era a su vez una versión invertida de la bandera de Suiza) más representativo del Comité Internacional de la Cruz Roja no se banalizase, algo que desde la organización dejaron muy claro en esta entrada titulada «Puede que sea un juego para ti, pero significa un mundo para nosotros».

Se daba el caso de que el dibujo de una cruz roja era bastante habitual en los mundos virtuales, porque los ítems para recuperar energía acostumbraban a aparecer envasados en botiquines y embalajes similares con esa crucecilla colorada estampada encima. Y la solicitud resultaba chocante porque ya llevábamos demasiados años matando demonios y recogiendo medikits etiquetados con una cruz roja por los pasillos del Doom. Pero muchos desarrolladores de videojuegos hicieron caso a la petición y arreglaron el asunto tirando de pequeños tuneos: en la propia saga Doom se sustituyeron las cruces rojas de los botiquines por la imagen de una pastilla rojiblanca o por una cruz verde. Prison Architect también recoloreó cruces con tonos verdosos y Skullgirls hizo lo mismo tirando del púrpura al rediseñar el atuendo de una enfermera del juego. Earthbound eliminó la imagen de los hospitales del juego y Halo la sustituyó en los kits médicos por una hache bien gorda, y roja.

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Botiquines de Halo, antes y después del caso Cruz Roja.

En otros casos los copyrights eran más usureros. En los noventa, Sega patentó oficialmente algunos de los loopings y de los recorridos que aparecían en los juegos de Sonic, aunque si uno se asoma a los enrevesados textos de las patentes es bastante probable que no entienda de qué coño se está hablando ahí. Sega también tuvo la jeta de registrar la idea de colocar una flecha tridimensional en la pantalla para indicar al jugador la dirección hacia la que debía dirigirse, un recurso que utilizaron en ese juego de conducción cafre llamado Crazy Taxi. Suena a chufla, pero la compañía japonesa se lo tomó tan en serio como para demandar a los creadores de The Simpsons: Road Rage por hacer uso de flechas indicativas, y probablemente eso explica porque en la mayoría de mundos abiertos con mucho coche hay que tirar de GPS en el minimapa en lugar de seguir puntas afiladas.

Tras lanzar el juego Eternal Darkness, en Nintendo se hicieron con la propiedad intelectual del «medidor de cordura», un contenedor mostrado en pantalla que al vaciarse provocaba que el personaje principal se volviese tarumba. Una patente que le debe resultar muy graciosa a los amigos de los juegos de rol de mesa, esa gente que lleva utilizando medidores de cordura desde que existen los dados. En Nintendo también idearon y patentaron los controles de dirección en forma de cruz de los pads, y por eso mismo los mandos de la Xbox se presentaron con una cruceta circular mientras que los pads de la consola PlayStation lucían sus botones de dirección como criaturitas separadas al nacer.

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Tetris de Game Boy, la música está sonando en tu cabeza.

En un ramalazo de soberbia, los creadores de Candy Crush Saga registraron como propio y exclusivo el uso de la palabra «candy» en los títulos de las aplicaciones para móviles, y poco después trataron de hacer lo mismo, sin éxito, con la palabra «saga». Tras recibir quejas por todos lados, recularon silbando y dejaron libre el uso del caramelo, pero solo en Estados Unidos. Entre 1995 y 2015, Namco fue la única desarrolladora que legalmente podía incluir minijuegos durante las pantallas de carga de sus videojuegos, una ocurrencia que no era nueva ni suya, pero que los tíos habían sido muy cucos en patentar como propia.

Konami tiene en su caja fuerte la patente de las flechitas que se deslizan por la pantalla en juegos de baile como DanceDanceRevolution. BioWare posee los derechos sobre la rueda de diálogo con diferentes opciones de respuesta que utilizan juegos como Mass Effect o Dragon Age. The Tetris Company, además de tener el certificado de paternidad oficial sobre las siluetas de las piezas de Tetris, también se las apañó para hacerse con los derechos de esa famosísima tonadilla que funcionaba como su banda sonora. Una melodía que, para empezar, no era original sino un clásico del folclore ruso llamado «Korobeiniki» y, para continuar, estaba considerada de dominio público fuera del mundo del videojuego. En algún momento dado, en Sony intentaron registrar la frase «Let’s play» como exclusivamente suya, hasta que les dijeron que oye, chatos, que no os flipéis tanto, eh.

Coloréame

Lo de 13,99 euros de mentar un color como propiedad corporativa sonaba a exageración, pero en el fondo no lo era. Porque los emporios sí pueden registrar como propios ciertos colores, aunque es necesario apuntar que lo que se asegura es un tono de pantone muy específico (no un color en general) y que su exclusividad para usarlo se limita al terreno de los productos similares. En el campo juguetero, Mattel posee los tonos «Barbie pink» y «Hot Wheels blue» para colorear a sus pijas y a sus bólidos respectivamente. UPS luce el marrón conocido como «Pullman brown» como principal seña de identidad en sus uniformes, camiones y logotipos. T-Mobile se ha agarrado tan fuerte al magenta en el ámbito de los servicios móviles como para dedicar muchas horas a demandar a otras compañías telefónicas que se atreviesen a calcarles los colores. La firma de joyería de lujo Tiffany & Co utiliza el «Tiffany blue» como tonalidad distintiva y reconocible en sus embalajes.

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La empresa de maquinaria agrícola Deere & Company posee los derechos sobre un combo de los colores verde y amarillo con el que pinta sus tractores y sus símbolos corporativos. La compañía finlandesa Fiskars ha convertido sus tijeras de mango naranja en su principal seña de identidad, y por eso mismo tienen registrado ese tono concreto de naranja en la oficina de marcas. A principios de los años dos mil, Nintendo se hizo con la propiedad del color «Nintendo índigo» para vestir a sus consolas del momento, la Nintendo Gamecube y la Gameboy Advance. Milka pinta a las vacas de sus anunciosy forra sus chocolates con un lila específico del que son dueños. El caso de los posits es curioso: sus creadores comenzaron a fabricar las notitas utilizando un papel amarillo canario porque aquello era lo único que tenían a mano cuando rebuscaron en la papelera del material sobrante. Con el tiempo, el producto se convirtió en un éxito y sus responsables decidieron amarrar los derechos del cantoso pigmento por ser universalmente reconocible.

Tecnología

A principios del 2017, en IBM decidieron patentar una idea revolucionaria: un tipo de mensaje de email que se enviaría automáticamente cuando el usuario de un correo electrónico corporativo estuviera de vacaciones, informando del calendario del currante y de las fechas en las que estaría de vuelta. Treinta días después, y como consecuencia de una tormenta de mierda por tener una cara que podría masajearse como si fuese una espalda, los de IBM recogieron todo el cable y anunciaron que se lo habían pensado mejor y que dejarían que su maravillosa patente fuese de uso público. En ningún momento mencionaron que a lo mejor aquello había sido lo primero que habían programado los informáticos eones atrás, cuando se inventaron el email y las vacaciones.

Copyright
Logotipo de Apple.

La compañía Apple es una bonita bestia en esto de los temas de patentes y marcas, y posee un historial de movidas curiosas en el que incluso tienen cierto protagonismo un grupito de músicos de Liverpool con cierto renombre. Pero es mejor empezar por el principio: a lo largo de su existencia, Apple ha realizado 72 054 patentes distintas, 55 757 de las cuales siguen activas hoy en día. Entre ellas se encuentran las patentes los bordes redondeados en diversos dispositivos electrónicos, la técnica de deslizar el dedo sobre la pantalla para desbloquear el aparato, las carcasas transparentes para ordenadores personales, los teléfonos móviles de pantalla flexible, un interfaz para realizar búsquedas en diferentes bases de datos (una idea que fue patentada cuando Google ya existía) o los sistemas operativos que muestran ventanitas superpuestas.

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En Apple llegarían a licenciar los derechos del dibujo animado Mighty Mouse de la cadena CBS (un personaje que conocíamos por aquí como Super Ratón) solo para poder sacar un ratón de ordenador bautizado con el mismo nombre y no tener problemas con los abogados de empresa televisiva. Irónicamente, en ese caso los inconvenientes los tuvieron por otro frente cuando una compañía de accesorios informáticos presentó una demanda contra Apple, y de rebote contra la CBS, alegando que ellos ya le habían puesto tiempo atrás exactamente ese nombre a uno de sus ratones de computadora. El caso del iPhone es algo más internacional: en Brasil, Apple no pudo registrar inicialmente como propio el nombre de su móvil molón porque ya existía una compañía telefónica local que tenía a buen recaudo la palabra «iPhone». En 2013, ambas compañías acordaron, probablemente previo pago, compartir la propiedad intelectual.

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Logotipo de Apple Corps.

La guerrilla entre Apple y The Beatles es curiosa y longeva. A finales de los sesenta, los músicos británicos montaron su propia compañía musical y la nombraron Apple Corps. Una década más tarde, cuando la tropa de Steve Jobs se presentó en el mercado, Apple Corps denunció a Apple por usurparles el nombre. Los hippies informáticos tuvieron que aflojar la pasta mientras ambas partes llegaban al acuerdo de conservar sus nombres, siempre y cuando Apple no se metiera en el mercado de la música y Apple Corps no se enfangara en el negocio de los ordenadores personales.

Poco después, Apple se puso a trastear con instrumentos musicales conectados a sus cacharros y con chips de sonido, y desde Apple Corps comenzaron a arrojarles nuevas querellas al sentirse traicionados. De nuevo, los de Apple acabaron pagando, en esta ocasión una bonita millonada, y la contienda se convirtió en una farándula: en 1991, un informático llamado Jim Reekes incluyó en el sistema operativo del Macintosh un sonidillo de alerta llamado «Sosume» («So sue me», es decir, «Denúnciame») burlándose de eterno beef judicial existente entre ambas compañías. Cuando en Apple lanzaron los iPods y la tienda musical iTunes, las citas en los juzgados entre las empresas volvieron a convertirse en tendencia. Al final, en 2007 Apple decidió finiquitar el asunto a lo burro: le compró a Apple Corps los derechos sobre todas sus marcas, por una cantidad no revelada que será el equivalente al PIB de varios países de tamaño medio, y le licenció posteriormente a la compañía de los Beatles el uso de las mismas. Y toda esta movida es la razón por la que durante años resultaba imposible encontrar las canciones de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr entre las baldas virtuales de iTunes.

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Disney

Lo de Disney es un caso aparte. Actualmente, el emporio de Walt se ha convertido en un coloso del mercado que ha fagocitado a otras empresas potentes como Marvel, Pixar, National Geographic, Lucasfilm, ESPN, Blue Sky Studios, 20th Century Fox, ABC o The Muppets. Convirtiéndose así en el monstruo que tiene entre las filas de su catálogo tanto a Mickey Mouse, como al Capitán América, Guybrush Threepwood, Buffy la cazavampiros, la rana Gustavo, Darth Vader, Buzz Lightyear, Indiana Jones, Thor o la ardirrata Scrat. Pero claro, uno no llega a calzarse la corona del reino sin antes haber forrado de cadáveres y tretas maquiavélicas el camino hasta el trono. Y en el caso de Disney, lo que se apila en el armario y huele a pocho es una colección de jugarretas cuestionables sobre las propiedades intelectuales.

En Estados Unidos, la aprobación de la Copyright Term Extension Act en 1998 supuso una ampliación del tiempo necesario que por ley tendría que transcurrir para que una obra pasase al dominio público. Hasta la firma de dicho acta, los derechos sobre una creación artística tenían una duración de cincuenta años después de la muerte de su autor, setenta y cinco después de su publicación o cien desde el momento de su creación. El acta del 98 amplió la posesión de los derechos hasta setenta años tras la muerte del autor, noventa y cinco tras su publicación o ciento veinte desde que fue creada. Pero nadie se refiere a la Copyright Term Extension Act como «Copyright Term Extension Act», ni siquiera como la Sonny Bono Extension Act (en referencia a Sonny Bono, un congresista que consideraba que las obras no deberían de pasar nunca al dominio público) sino que todo el mundo llama a aquel jes-extender de los copyright con otro nombre: la «Mickey Mouse Protection Act». Porque la compañía del ratón jugó un papel importante en su aprobación, al presionar y dar muchísimo la matraca con ella desde principios de los noventa, cuando descubrieron que de no hacerlo Mickey Mouse no tardaría en ser una propiedad pública que podría utilizar cualquiera.

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Resulta irónico que en Disney se vistieran como firmes defensores de la propiedad intelectual cuando ellos mismos son famosos por haber erigido su castillo durante décadas a base de agarrar relatos populares ajenos para fabricar películas y, sobre todo, por intentar después patentar a los personajes de los mismos. Porque a lo largo de su historia, el morro de Disney ha intentado registrar como propios a los personajes de Peter Pan, Pinocho, Alicia en el País de las maravillas, Blancanieves o El libro de la selva. Creaciones que en algunos casos llevaban más de siglo y medio siendo públicas, de gente con tanto renombre como Lewis Carroll, los hermanos Grimm o James M. Barrie. En algunos casos, como en el de La Cenicienta o La bella durmiente, los de Disney se salieron con la suya. Pero en otras ocasiones la treta no coló, como ocurrió cuando reclamaron la propiedad de Tarzán y los herederos de Edgar Rice Burroughs se les echaron al cuello. O cuando demostraron que en el feudo de Mickey Mouse de decencia no, pero de huevos iban sobrados al tratar de registrar la frase «Día de los muertos» tras el estreno de Coco. Una villanada que, por lo que sea, no sentó nada bien a lo que vendría a ser todo México. Disney también demandó a Deadmau5 por lo de tener cara de ratón con orejas gordas, a los cómics de Howard el pato por lo de tener un pato charlatán e incluso se rumorea que es muy de acojonar con pleitos a quienes pretendan lucir un Volkswagen escarabajo blanco en algún lado porque ellos tienen a Herbie, ese volante loco, aparcado entre sus productos registrados.

El panorama interesante es el que anuncian los próximos meses, porque los derechos sobre el Mickey Mouse primigenio están a punto de caducar definitivamente. Resulta que el año 2023 es la fecha en la que el famoso cortometraje Steamboat Willie pasará a ser de dominio público si Disney no se saca otra acta de la manga. Y entonces serán ellos los que no tendrán derechos a tener derechos.

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A lo mejor estamos jugando con fuego. Imagen: Warner.

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