De la patera al futuro

«Le llamábamos ‘los gatitos’ porque eran cinco, muy pequeños. Asustados. Muy tímidos. Como frágiles. De poca estatura, muy aniñados. Hay otros chavales de 16 ó 17 años que parecen ya hombres. Ellos, no. Eran muy poca cosa. Donde iba uno, iban todos, se protegían así. Por eso le decíamos ‘gatitos’».

Entre ellos estaba Oualid El Bachiri. Un joven de 19 años que llegó a España con 14, junto con los otros, en una patera, jugándose la poca vida que tenía y la mucha que buscaba.

El que recuerda al grupo de menores inmigrantes sin tutela ni compañía es Juan Molina. Preside la Asociación de Familias Solidarias para el Desarrollo, un colectivo que trata de dar apoyo, adopción, orientación y cariño, mucho cariño, a «jóvenes extutelados».

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El término incluye a cualquier persona, entre 15 y 25 años sobre todo, que no tuvo amparo familiar en su adolescencia y que, una vez cumplidos los 18, queda en un limbo social tras estar bajo protección de la administración pública (en centros de acogida, especialmente). No es requisito que sean extranjeros, inmigrantes. «Al principio, cuando nació esta asociación, acogíamos sobre todo a menores refugiados de guerras como las de Bosnia, Kosovo… Pero luego fueron de todo origen y nacionalidad». Magrebíes, subsaharianos, españoles, cualquier nacionalidad es aceptada por los miembros de este colectivo que hacen pocas preguntas y ofrecen muchas respuestas.

Comenzaron acogiendo en casa pero pronto apostaron por la fórmula del piso compartido. Uno tras otro han logrado sumar nueve en Andalucía, ubicados en Jerez, Cádiz, Algeciras, Chiclana, Chipiona, Sevilla y Almería. Actualmente acogen a 59 jóvenes que fueron hasta hace meses menores sin tutela ni amparo familiar. El objetivo es ayudarles a encontrar estabilidad laboral y personal, independencia económica pero, sobre todo, «sacarles de la calle».

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Molina y el resto de miembros de la asociación ponen en práctica ese argumento chulesco, simplón y agresivo de los que demonizan a los inmigrantes, menores o no: «Si tanto te gustan y tan buenos son, llévate uno a tu casa». Eso es lo que han hecho. Con 59 personas, actualmente. Todos están trabajando, sin excepción. Gracias a donaciones de los miembros, a esfuerzo personal y a colaboraciones como las del Banco de Alimentos logran mantener los pisos de acogida.

‘Los gatitos’

Los más miserables y tóxicos miembros de ‘esta nuestra comunidad’, a menudo disfrazados de personas honestas y amables, alertan contra estos jóvenes de forma genérica. Incluso crearon un acróstico para definirles. Ha hecho fortuna y se usa con asiduidad. Animan a temerles cuando el porcentaje de agresores y delincuentes entre ellos es el mismo que entre cualquier otro colectivo marginado y excluido de la educación o de unas condiciones de vida dignas. Entre estos menores sin entorno ni protección, abandonados o fugados, el porcentaje de aterrados, atacados y manipulados es el mismo que en cualquier otro en esas mismas circunstancias. La nacionalidad o la forma en la que llegaran a Europa no cambia nada.

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Entre los asustados de la calle, entre los tantos ‘gatitos’ sin rumbo ni amparo, Oualid El Bachiri se ha convertido en un ejemplo extraño por infrecuente. Que esté trabajando no es raro. Los otros 58 auxiliados por la Asociación de Familias Solidarias, también. Que sea formal y cumplidor tampoco es raro, aunque hay un bajo porcentaje de los acogidos que desaprovechan la oportunidad o muestran una mala actitud, en proporción similar a los que tienen otra edad, origen o nacionalidad, en cualquier colectivo laboral. Lo extraño, lo inspirador de su caso, es que ha llegado a ser jefe de cocina en menos de un año, en un restaurante de postín, con siete personas a su cargo y un empresario tan justo como necesario. El local se llama El Escondite, está en Conil. Uno de los copropietarios, el que decidió contratarle, es José Cobos.

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El Bachiri entró a trabajar hace nueve meses como friegaplatos. Tenía 18 años. Con 14 se jugó la vida cruzando el Estrecho de cualquier forma. Pasó cuatro años en centros de menores «donde a menudo no se dan las mejores condiciones ni el mejor trato, donde la convivencia tampoco es nada fácil». Incluso probó la calle dura y fría, «estuvo unas semanas conviviendo con okupas en edificios abandonados en Jerez, muy mal ambiente». Fue el propio Oualid el que buscó a la asociación. «Nos dijo que se había enterado de que ayudábamos». Así es. Empezó a trabajar en la recogida de fresas en 2020, hacían falta manos porque la pandemia impedía la llegada de trabajadores temporales. Irónicos problemas de cerrar fronteras por confinamiento. Ahora faltaban los que, para algunos, sobran.

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Allí ya se hizo fama de cumplidor. Trabajó, bien, también, en hostelería (Los Oliva, en Chiclana), pero su puesto caducó con el fin de la temporada estival. Ya era mayor de edad. Ahí aparecieron, siempre por mediación de Juan Molina, Cobos y El Escondite. Fue el pasado mes de diciembre.

Nueve meses

Ya con cada ‘gatito’ trabajando por su lado, mantenía su actitud introvertida. «Reservado, mucho. Muy tímido». Mostró desde el inicio capacidad de esfuerzo, puntualidad y otras cualidades que se asocian a un trabajador ejemplar. Pero le añadió iniciativa. «Muy pronto empezó a fijarse en cómo se hacían los platos. Primero pidió encargarse de los postres. Los hacía tan bien, incluso con alguna aportación creativa suya, que se quedó en ese puesto. Pero es que, después, sin hacer ruido pero sin detenerse, fue aprendiendo a hacer los 90 platos de la carta, poco a poco, por su cuenta. Al final, los hacía mejor que nadie, los compañeros estaban alucinados. Así que han aceptado con alegría que ahora sea jefe de cocina».

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Oualid El Bachiri ha obtenido ya las supuestas recompensas de la vida laboral vigente. Ha vuelto a casa en Marruecos, a visitar a su madre y hermanos, de vacaciones. «Tiene un buen sueldo, el de un jefe de cocina de un restaurante que afortunadamente funciona bien». Sin quererlo, se ha convertido «en un modelo». En esto tampoco hace distinciones con nacionalidades y orígenes sociales Juan Molina: «Es un ejemplo para todos los chavales de su edad, inmigrantes o no, acogidos o no, tengan o no tengan familia porque ahora son muchos los chicos que no quieren empezar a trabajar por menos de mil euros o que no muestran la actitud de Oualid. No se ha conformado y ha tenido iniciativa».

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Lo dice alguien acostumbrado a que le pidan «mano de obra que falta en casi todos los sectores: hostelería, hoteles, todo lo relacionado con la construcción, como electricidad, carpintería, también en servicios, supermercados».

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