«El afecto influye en la longevidad, en el tiempo de vida de la persona»

Mario Alonso Puig es médico cirujano, reconocido conferenciante internacional y escritor de una larguísima lista de libros que, entre otros asuntos, pretenden ofrecer oportunidades para una mejora de la salud, la familia y el crecimiento personal. Además está formado en Psicología Positiva por la Universidad Harvard y actualmente imparte el curso Conecta con tu mejor versión y fortalece la autoestima, dirigido al conjunto de la familia para saber precisamente cómo desplegar entre todos lo mejor que hay en ellos a base de fortalecer la autoestima «porque si uno no la fortalece está bloqueando un gran potencial, pero cuando lo hace es como si se liberara de un candado y, entonces, empieza a emerger algo que se expresa en forma de alegría, serenidad, confianza, creatividad, capacidad de entender problemas, etc. Es decir, se produce una transformación», asegura.

-No hay institución en la historia más antigua que la familia y, sin embargo, no dejan de aparecer manuales y escuelas de padres para saber educar a los hijos correctamente. ¿Es que todavía hoy, en pleno siglo XXI, tenemos que aprender algo que, en principio, parece tan básico, tan natural en la especie humana como es la crianza? 

La crianza parece algo básico, pero es sumamente compleja porque los hijos nos plantean desafíos que a lo mejor no son los mismos que nosotros planteamos a nuestros padres. Viven en un contexto diferente, tienen influencias distintas y a veces nos pillan descolocados. No sabemos muy bien qué podemos hacer para ayudarles. Por ello, todo lo que suponga una guía sólida, bien fundada, puede ayudarnos a saber cómo atender sus necesidades y sentimientos legítimos. Lo que ocurre es que esto es una labor de la sociedad en su conjunto. La familia tiene una importancia excepcional en el bienestar del ser humano y en la marcha adecuada de una sociedad. Por tanto, no sólo se trata de proteger a la familia. Se trata, además, de ayudarla a descubrir cómo puede crecer, cómo puede potenciar esos vínculos afectivos, cómo pueden ayudarse mutuamente para que ese proyecto tan bonito que es una familia salga adelante con éxito.

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-Vínculo afectivo. ¿Qué importancia tiene realmente en esta unidad familiar?

El vínculo afectivo es de los elementos más importantes en la salud biológica. Es impresionante. Incluso, por ejemplo, en animales muy sencillos, como pueden ser los roedores, la no de afectividad se asocia a problemas como la falta de desarrollo del cerebro, la incapacidad para aprender cosas nuevas, el manejo muy pobre de situaciones estresantes… En el humano no solamente esto es exactamente igual, sino que, además, se ha podido mostrar con investigaciones muy punteras que el afecto influye, incluso, a la longevidad de una persona, a su tiempo de vida.

Hay unas estructuras llamadas telómeros que son predictoras de la longevidad y que se alargan cuando hay unos niveles altos de una enzima llamada telomerasa. Precisamente los niveles de telomerasa están muy influidos por el mundo afectivo de una persona. Es decir, el vínculo es absolutamente esencial en el ser humano. El ser humano es un ser de encuentro, como diría maravillosamente el profesor López Quintás. Es decir, nos necesitamos. No cabe duda es que todos requerimos sentir que formamos parte de un grupo que se interesa realmente por nosotros.

-En alguna ocasión has afirmado que el amor y la ternura consiguen incluso curarnos, ¿cómo es posible?

Efectivamente. Nosotros tenemos una dimensión en el sistema nervioso que se llama sistema nervioso parasimpático y que regula el funcionamiento visceral. Este sistema nervioso dispone de una sección que se llama el parasimpático o vago anterior. Es un conjunto de fibras nerviosas que están tremendamente entrelazadas con lo que es la sensación de afecto. Cuando una persona se siente querida, el vago anterior funciona mucho mejor. Y esto se nota no sólo en una función cardíaca más sana, más adecuada, sino en el conjunto del organismo.

Por otra parte, cuando una persona se siente querida, apreciada, apoyada, hay una liberación de una hormona, de la que llevo hablando muchos años, que es la oxitocina. La oxitocina es la hormona del encuentro. No solamente protege el corazón, sino que es clave en los vínculos. Fíjate qué importante es esto porque los reptiles, que sí tienen cerebro emocional, no producen oxitocina y, por eso, no generan vínculos. Sin embargo, los mamíferos, todos generamos vínculos. El ser humano que está, en la escala más elevada dentro del mundo animal, cómo no se va a beneficiar de ese vínculo, cómo no se va a beneficiar de esa sensación de estar formando parte de una unidad.

-Sin embargo, ¿crees que decimos suficientemente ‘te quiero’ los padres a los hijos y los hijos a los padres?

Creo que nunca se dice suficientemente te quiero, pero sobre todo considero que donde nos quedamos cortos es en expresar de verdad ese te quiero. Se puede mostrar con una mano que te ayuda a levantarte cuando te has caído; cuando no juzgas a una persona, sino que estás entendiendo su proceso, su proceder; cuando tienes un acto de generosidad, de dar sin esperar… Se puede expresar de muchas maneras porque hay un te quiero que es muy traicionero: digo que te quiero, pero hago lo contrario que haría si verdaderamente te quisiera.

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-¿Consideras que los padres se preocupan actualmente más en educar que en querer a sus hijos?

Esta es una cuestión muy importante y que no solamente atañe a los padres, sino al sistema educativo en su conjunto. Creo que lo más importante es que una persona se sienta querida y pueda expresar ese cariño. Lo demás va en segundo lugar. Por ejemplo, un niño en un colegio, si se siente querido, realmente querido por el profesor y por sus compañeros, sin ninguna duda funcionará muchísimo mejor académicamente. Pero si no se siente lo suficientemente querido, arropado, apreciado…, su rendimiento académico va a descender de una forma muy significativa.

Esto lo explica muy bien la neurociencia afectiva. El cerebro emocional -tus afectos, tus sentimientos- y tu mundo intelectual -tu razón, tu capacidad de entender las cosas, de procesar información o de aprender-, son dos realidades que se pueden distinguir como la palma y el dorso de la mano, pero no se pueden separar. Cuando tú tocas el mundo emocional, estás tocando el intelectual. Sin el mundo emocional, lo que generas es miedo, y el mundo intelectual lo cierras, lo apagas, se bloquea la creatividad, el espíritu emprendedor, el deseo de aprender… Cuando tú, el mundo emocional lo abres desde el entusiasmo, desde la ilusión, desde el afecto; el mundo intelectual se abre. A ver si nos damos cuenta de que lo más importante es llegar al corazón, porque lo que el corazón quiere sentir, al final la mente se lo muestra.

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-Los padres se obsesionan demasiado en que su hijo sea el más listo de la clase, en que destaque por encima del resto en sus actividades deportivas… ¿Es positivo que quieran que sean los mejores o les están sometiendo a una presión que, incluso, puede resultar contraproducente?

Sigmund Freud fue una persona muy peculiar, con grandes luces y grandes sombras, pero tuvo algunos puntos de absoluta genialidad. Él describió lo que se llama el superyó. ¿Que es el superyó? Esa expectativa inalcanzable de perfección que la sociedad impone a una persona para que crea que si no alcanza eso, no será nadie en la vida. Entonces, ¿qué pasa? Que la sociedad lanza esa imagen y cada uno de nosotros va tomando esa imagen y haciéndola suya.

Se piensa que cuando yo sea tal seré una persona valiosa, importante, a la que querrán, seré feliz… Y eso lleva a un nivel de hiperexigencia que no sólo es antinatural, sino que va enfrentada a la realidad. ¿Cómo podemos mantener socialmente ese nivel de hiperexigencia tan abrumador? Por medio de la comparación. Por ejemplo, Pedro tiene 11 años, ha sacado un siete. Para él es un triunfo un siete en matemáticas, pero resulta que su amigo Alberto ha sacado un nueve. Vaya, ya no sabe apreciarlo. Tenemos que darnos cuenta de que el éxito en la vida no es el resultado de la hiperexigencia; es el resultado de conectar con unos valores, de ir conectando con tu potencial, desplegándolo y ayudándolo a florecer. Y eso no puede suceder desde la exigencia, porque la hiperexigencia va unida al miedo, al terror, al fracaso. Si no consigo esto, no seré nadie en la vida, nadie me querrá. Esa tensión afecta directamente al funcionamiento de la corteza cerebral de tal manera que esa persona, que tiene un potencial oculto, queda completamente bloqueada por una situación emocional de terror, a no ser suficiente.

-¿Cómo pueden motivar entonces los padres a este niño de 11 años que ha sacado un 7 en matemáticas para que no decaiga en esta lucha diaria por conseguir sus retos?

Creo que los padres tenemos que ser conscientes de que nuestra función es dar raíces para crecer y alas para volar. Y eso, ¿cómo lo hacemos? Ayudando a los niños a que se den cuenta de que los resultados que obtienen, sean buenos o malos, no reflejan quiénes son. Albert Einstein tuvo muy malos resultados académicos. Lo sé porque tuve acceso al legado de Einstein cuando llegó a Boston y, sin embargo, el potencial no quedaba reflejado en su performance. Entonces, lo que no debemos transmitir nunca a nuestros hijos es que las buenas notas, las malas notas, representan lo mucho o lo poco que ellos valen. Es algo que sucede.

Hay que ayudarles siempre a tener un buen autoconcepto y una buena autoestima; es decir, a quererse, sobre todo a quererse cuando cometen los errores, no sólo en los aciertos, no solo a quererse por partes. Es decir, me quiero a mí mismo cuando saco un siete en matemáticas y no me quiero cuando suspendo. No, precisamente es cuando más te tienes que querer.

Los padres necesitamos enseñar a nuestros hijos a no acusarse nunca, a no juzgarse nunca, a no condenarse, y a no castigarse, sino a conocerse mejor, a comprenderse para poder superarse. Es un modelo completamente distinto, es salirse del paradigma que hoy en día funciona porque estamos demasiado atrapados en el mundo visible, el de las notas, y no en el mundo invisible, que es donde está verdaderamente la potencia. Esa es la diferencia para mí entre un profesor y un maestro. El profesor sólo se fija en el performance. El maestro se fija en el potencial y llama a ese potencial. Y así tenemos el caso de este joven Ben Carson, un niño absolutamente desastroso en el colegio, con todo tipo de problemas, de dificultades, despreciado por muchas razones y que, sin embargo, su madre y su primer profesor de ciencias consiguieron inspirar en él esa fe en sus posibilidades. Y este niño, que estaba abocado a acabar probablemente en un sitio tremendo, porque ya empezó a desarrollar un temperamento violento, se transformó en el mejor neurocirujano pediátrico en la historia.

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Es muy importante que seamos conscientes de que todos estamos tocando el futuro de los demás; la forma en la que tú te relacionas con tu hijo, con tu pareja, con tus compañeros, está tocando su futuro. Es una gran responsabilidad y, por ello, vamos a tocar un futuro que sea ilusionante, que sea generador de posibilidades. ¿Cómo tocas un futuro así? ¿Cómo le ayudas a la persona? Cuando crees que hay grandeza, independientemente de los resultados. En el momento en que una persona siente que vale, independientemente de resultados, de las notas, esa persona es capaz de sacar una energía, una capacidad, una inteligencia absoluta, abrumadora.

-Sin embargo, educar en positivo es complicado. ¿Por qué nos resulta tan difícil?

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Porque nosotros no hemos sido educados en positivo. Si hubiéramos sido educados en positivo sería lo más natural del mundo. Pero como no hemos sido educados así, educamos en base a cómo hemos aprendido. No podemos educar de una manera diferente a lo que sabemos, a menos de que tengamos ese interés por aprender, descubrir, reconocer humildemente nuestro punto de partida, que muchas veces es un profundo analfabetismo emocional. No pasa nada. No somos culpables, pero sí somos responsables de cambiarlo. Al final, la educación de nuestros hijos también es la educación de los padres y la educación de los profesores. Todos necesitamos ser educados.

-Hablemos ahora de los adolescentes, ¿cómo lograr una mayor conexión con ellos?

Tenemos que entender algo que nos cuesta mucho a los seres humanos. Tenemos tal nivel de prepotencia, de arrogancia, que creemos que nuestro punto de vista es igual a la verdad. Se nos olvida algo muy sencillo, y es que el punto de vista simplemente quiere decir la vista desde un punto. ¿Cuántos puntos habrá? Millones. Entonces, si fuéramos capaces, que lo somos, de pararnos con esa humildad necesaria y decir yo estoy viendo una realidad que me está poniendo de los nervios, pero hay una realidad más profunda que se me escapa, sería fantástico. Yo no puedo acceder a esa realidad más profunda si la persona que tengo enfrente percibe por mi parte acusación (no eres como tendrías que ser); juicio (qué desastre); condena, (no te mereces mi aprecio); castigo (te doy la espalda)… Cuando una persona está captando eso, y lo captan las neuronas espejo, cómo se va a abrir la persona. Si nosotros hacemos una pregunta honesta, con interés y con curiosidad y queriendo entender el mundo de esa persona, esa persona va a empezar a abrirse, nunca se abrirá si se siente juzgada. Nosotros, los adultos, tampoco nos abrimos cuando nos sentimos juzgamos. ¿Qué es lo que ocurre? Que creemos que se trata de hacer, de cambiar a alguien y de lo que se trata es de ayudar a una persona a ver lo que no está viendo. Eso nunca sucede si estamos juzgándola.

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-Los adolescentes se enfrentan a una situación futura cuanto menos incierta por el panorama económico, laboral… ¿De qué manera pueden los padres motivarles para su propio desarrollo personal y lograr que no decaigan en la dejadez, la desilusión o la frustración?

Las personas nunca van a hacer lo que les digamos que hagan, van a hacer lo que vean que nosotros hacemos. Se suele decir que el ejemplo es lo único que mueve. Yo lo comparto. Es decir, cuando no hay coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos, ¿cómo esperamos que nuestros hijos aprendan una lección importante? La primera reflexión es preguntarnos si estamos siendo coherentes. Veo a mis hijos llenos de frustración, de inquietud porque no saben si van a encontrar un trabajo. ¿Cómo están viendo ellos que yo gestiono mi propia frustración? ¿Cómo ven que gestiono mi propia inquietud? Soy una persona que ante la incertidumbre digo a mis hijos «la verdad es que siento miedo, pero no voy a dejar que el miedo me pare. Voy a seguir actuando a pesar del miedo, a seguir manteniendo la fe a pesar del miedo». Pero si mis hijos están viendo en primera línea que yo, cuando algo no me sale bien, cuando aparece la incertidumbre en mi vida, me pongo de los nervios, no quiero hablar con nadie…, ya les puedo contar lo que quiera, que no se les va a quedar nada. Entonces, por eso, cuando hablamos de la educación no podemos hablar de la educación exclusiva de nuestros hijos o de inspirar exclusivamente a nuestros hijos, o de ayudarles a confiar, tenemos que hablar del conjunto. Esto es para todos. Somos los primeros que tenemos que aprender esto. Y cuándo uno lo aprende, cuando lo transmite; no desde lo que dice, sino desde lo que vive.

-¿Qué importancia tiene mantener una buena relación de pareja dentro del hogar para tener una buena estabilidad familiar?

 La importancia es absolutamente extrema, sobre todo si los hijos observan que hay respeto en la pareja. Lo primero que creo que hay que enseñar, transmitir, vivir, es el respeto a la diferencia. No querer que tu mujer, tu marido, tu pareja sea como tú crees que tiene que ser. Dejarles ser quien es y quererla. Querer a tu pareja no por cómo es, sino por quién es. Si nosotros somos capaces de mostrar que respetamos a nuestra pareja y la queremos lo suficiente para que tenga su espacio para ser de la forma que es, nuestros hijos lo van a aprender. Van a saber que nuestro amor busca ser un amor sin condiciones, no mero trueque en el que yo te voy a querer, pero tú tienes que ser como me gusta que seas. El mejor regalo que una pareja puede hacer a sus hijos es enseñar lo que es amar de verdad, un amor sin condiciones. Habrá cosas que no te gustarán, otras que sí te gustarán. Pero el amor, igual que respeto, no está en juego.

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-¿Las personas son capaces de aprender todo esto en cualquier momento de su vida, o llega un momento en que es ya tarde?

-No, no, no, no. Afortunadamente no podemos cambiar quienes somos, pero sí podemos cambiar nuestra forma de ser y de estar en el mundo. Podemos, no digo ya cambiar, transformar por completo una forma de ser, independientemente de la edad. Y esto es así por la neuroplasticidad, que existe durante toda la vida; es decir, la capacidad de formar nuevas neuronas a partir de células madre, nuevos nuevas conexiones, nuevos circuitos. Podemos reinventarnos a nivel de la arquitectura cerebral cuando tenemos ilusión, cuando tenemos motivación, cuando estamos comprometidos, cuando persistimos, tenemos paciencia… ¿Cuándo hace todo eso una persona? Cuando me doy cuenta de lo que está en juego, que estoy tocando el futuro de otras personas, que es una preciosa responsabilidad, y se convierte en una magnífica obsesión, ya me preocuparé de aprender, de mejorar, de hacer lo que tenga que hacer, de aguantar lo que tenga que aguantar para poder tocar el futuro de una persona de tal manera que tenga una experiencia en la vida mucho más bonita, mucho más enriquecedora. Y si, además, la neurociencia muestra que esto es así, que cuando yo tengo esa ilusión, esa inspiración, libero unos neurotransmisores, unas neurotrofinas que son capaces de orquestar este proceso, cómo voy a pensar que soy demasiado mayor para poder aprender. Nunca se es demasiado mayor para aprender. Jamás, pero tienes que tener la inspiración, la determinación y el compromiso; es decir, luchar, perseverar y confiar.

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