El ataque de las series (de Disney+): del regreso de ‘The Mandalorian’ y al estreno de ‘Andor’

Mayo es, para los fans, el mes de Star Wars. Un mes para celebrar una saga que tiene hasta su propia religión (los Jedi, con su propio código en el censo británico) y que en 2022 trajo novedades: el estreno de ObiWan Kenobi, el anuncio de un futuro plagado de series y la noticia de que Disney+ había alcanzado los 138 millones de suscriptores.

Es una cifra que a Netflix le costó más de media década y un Stranger Things. Disney no la ha conseguido solo gracias a Star Wars (las propias franquicias de la casa y Marvel tienen mucho que decir), pero sí viene impulsada en volandas por el gran éxito de la saga galáctica en Disney+: The Mandalorian. Una serie que pilló a todo el mundo por sorpresa. Tanto, que cuando se estrenó en noviembre de 2019, Disney no tenía preparados muñequitos para esa Navidad de su mayor estrella: una marioneta verde y adorable a la que el mundo bautizó como Baby Yoda. Y que resume bien la magia creada hace 45 años por George Lucas: The Mandalorian es un serial a medio camino entre el spaghetti western y el manga japonés, protagonizado la mayor parte del tiempo por un señor con casco (el sufrido Pedro Pascal) y un muñeco. También supuso un cambio de liderazgo: puede que la ejecutiva Kathleen Kennedy tenga el timón del imperio Lucas, pero la decepción con su plan cinematográfico y el auge de las series ha dotado de más poder al director Dave Filoni, lo bastante enamorado del material original como para dar a los fans lo único que piden (nostalgia en 4K) y para tener voz propia.

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Pedro Pascal, sin el casco mandaloriano, y Rosario Dawson, con sus dos sables láser, pueden presumir de haber revitalizado la saga galáctica.

ANNIE LEIBOVITZ

Obi-Wan Kenobi es el ejemplo perfecto de esas tensiones entre lo viejo y lo nuevo. Seis capítulos con Ewan McGregor interpretando al mismo personaje de las precuelas de principios del siglo XXI (donde su papel era hacer de Alec Guinness de joven, la nostalgia galáctica no es cosa de esta década) y Hayden Christensen retomando al villano más icónico de la saga: Darth Vader, el del casco oscuro, la capa negra y el sable rojo. También hay una niña Leia (la princesa rebelde, en todos los sentidos, que interpretaba Carrie Fisher) y personajes que no estaban en las películas, y vienen del universo que Filoni desarrolló durante años en excelentes series animadas. El objetivo de Obi-Wan es seducir al fan de toda la vida y atraer al lado suscriptor de la Fuerza a los ocasionales.

Obi-Wan, apoyada en el carisma de Vader y McGregor, es el punto de partida de un año que no piensa dar tregua. Este verano llega Andor, con Diego Luna, y la apuesta más arriesgada del calendario. Su personaje viene de Rogue One, la primera película que encendió las alarmas en Disney (un Doce del patíbulo galáctico a cargo de Gareth Edwards que tuvo que volver a rodarse casi entera porque a los ejecutivos no les convencía tanta oscuridad y mal rollo. El carisma se quedó en algún lugar entre ambas versiones). Andor es otra exhibición de músculo a la hora de fichar talento: está en manos de Tony Gilroy, guionista de la película original, pero también de la tetralogía de El caso Bourne o de Michael Clayton. Una serie de espías por el hombre que revolucionó el género, con el personaje más salvable de una película fallida, pero con los pies más en la tierra de lo que es común en una saga llena de monjes con sables láser.

Bourne en el espacio, si la quieren llamar así, también tiene sus peajes nostálgicos: explora los años de la formación de la Alianza Rebelde, el bando de los buenos en la trilogía original (1977-1983). Casi todos los productos de la Star Wars de Disney se sitúan en dos períodos: qué pasó entre las dos primeras trilogías (Obi- Wan Kenobi, Andor) y qué pasó entre El retorno del Jedi y El despertar de la Fuerza, la película con la que debutó Star Wars de la mano de Disney (y que recaudó más de 2.000 millones de dólares, más o menos el doble que las dos siguientes). Ahí están The Mandalorian (con tercera temporada prevista para finales de año), la reciente miniserie El libro de Boba Fett (que funciona en su segunda mitad como una temporada 2.5 de The Mandalorian) y Ahsoka, el proyecto protagonizado por Rosario Dawson y dirigido por el mismísimo Filoni. Porque Ahsoka narra las aventuras de una jedi a la que nadie ha visto en cines, pero sí durante más de una década en las series de animación de Filoni: Las guerras clon y Rebels, cuyos personajes se han ido traduciendo al universo de imagen real de Disney+ año a año.

¿Es incapaz Disney de alejarse del espectro de las películas originales? Puede que sí. Una de las series anunciadas se sitúa a 1.000 años de distancia del epicentro Skywalker de las tres trilogías, un universo explorado sobre todo en videojuegos. 

Disney, en realidad, tiene que alimentar a la gallina de los huevos de oro, que en su caso va mucho más allá de la taquilla. La primera misión de Star Wars es ganar suscriptores para Disney+, ahora que Netflix da muestras de flaqueza y HBO Max está revolucionando el modelo cine y televisión. Pero las otras son igual de importantes: George Lucas se hizo milmillonario al quedarse los derechos de los muñequitos y las camisetas y todo el merchandising derivado de su creación. En 2011, antes de la compra de Disney (por 4.050 millones de dólares), sin películas en el horizonte y con solo series, videojuegos y libros para mantener viva la franquicia, el merchandising de la saga generó unos 3.000 millones de dólares. En 2015, El despertar de la Fuerza colocó cerca de 5.000 millones de dólares en merchandising, una cifra que se desplomó cuando Rogue One no cumplió las expectativas en 2016. Entre el desastre de Solo (película que cometió un pecado: no entender que Harrison Ford es irreemplazable. La penitencia: menos de 400 millones de dólares en taquilla, el mayor fracaso de Disney en una década) y las decepciones de los Episodios VIII y IX, a Disney se le cerraron dos vías de ingresos. La más dolorosa, no poder explotar el universo creado en la nueva trilogía y tener que refugiarse en la nostalgia: Darth Vader siempre va a vender. Siempre. Por eso sale en Obi-Wan, ahora que ha pasado suficiente tiempo para que la gente olvide que hablamos de una franquicia tan tóxica que el actor Hayden Christensen tuvo que retirarse en la misma década en la que se puso el casco.

Caso aparte serían los parques de atracciones, la otra gran vía de ingresos de Disney, y que dependen de que sus franquicias permanezcan vivas (o que incluso den el salto a la inversa: Piratas del Caribe es una saga inspirada en una atracción, igual que la reciente Jungle Cruise). La respuesta a todas estas misiones es siempre la misma: hay que generar contenido. En este caso, en televisión y para una plataforma que ha pulverizado expectativas. El cine, como aprendieron las grandes con la pandemia, puede esperar. 

Sobre todo cuando trae más problemas que alegrías. En febrero de 2018, Disney anunciaba que había fichado a David Benioff y D. B. Weiss, los responsables de Juego de tronos, para continuar el camino abierto por al trilogía de J. J. Abrams de 2015 en pantalla grande. Apenas un año después, los dos creadores anunciaban que se iban de la franquicia, que firmaban en exclusiva con Netflix (por 200 millones de dólares) y que, entre líneas, no querían pasar por la trituradora galáctica, que entre ejecutivos, marketing y demás hace muy difícil llevar a cabo una visión propia. 

Christensen practica con el sable y la capa para retomar el rol de Darth Vader, el villano icónico de la saga y adversario de su exmaestro, Obi-Wan Kenobi.

ANNIE LEIBOVITZ

La marcha de Benioff y Weiss fue solo parte de un conjunto de decisiones que alejaban a la franquicia galáctica de los cines. Antes incluso del estreno del Episodio IX en Lucasfilm tiraron temporalmente la toalla y anunciaron que los galácticos se tomaban un descanso de los cines: “Todos reconocemos, cada uno de nosotros, que esto ha sido un nuevo capítulo para la compañía y que necesitamos trabajar juntos para crear la arquitectura de hacia dónde queremos ir”, rezaba el comunicado. Las dificultades cinematográficas de la saga galáctica, reconocían los de Kennedy, eran solo culpa suya. En dicha culpa jugaba un papel importante el tratamiento que habían recibido los directores, como en el caso que comentábamos de Gareth Edwards y Rogue One, que firmó y rodó una película diferente a la que le hicieron estrenar. O, el más sangrante, el de Rian Johnson. Johnson firmó la que posiblemente sea la mejor de las nueve películas para los ajenos a la saga (junto a El imperio contraataca): Los últimos Jedi, un manifiesto contra la nostalgia y a favor de mirar hacia delante y olvidarse de repetir una y otra vez las claves de las originales. También de dejar respirar a los nuevos personajes, aplastados en la entrega anterior, de J. J. Abrams (una persona que ha convertido su nostalgia por los ochenta en discurso desde su primera película), por la presencia del reparto original.

Un sector de los fans odió Los últimos Jedi, con una campaña tóxica en redes que se llevó por delante al director, acosó online a varias de sus actrices y boicoteó una taquilla que viene, en parte, de la cantidad de veces que los fanáticos van al cine a ver la misma entrega.

Y que llevó a que Lucasfilm y Disney adoptasen la peor decisión posible. A Johnson se le expulsó poco ceremoniosamente de la franquicia, y se le dio el testigo a Abrams para que retomase las riendas de la trilogía (algo que no estaba previsto) para… deshacer todo lo que había hecho Johnson en la entrega anterior. Es más, para redoblar la carga nostálgica incluso con el regreso del villano original de las dos trilogías anteriores: lo de siempre, pero actual. El resultado final no gustó a nadie, y la trilogía que Johnson iba a dirigir para la saga quedó en barbecho. Sobre todo porque el de Maryland se desquitó dirigiendo la excelente Puñales por la espalda y firmando para continuar la serie. Kathleen Kennedy confirmó este mayo que la trilogía de Johnson sigue en pie, pero que aún no existe: está a la espera mientras el director cumple sus compromisos. En lo que respecta al cine, lo que parece es que nadie quiere rodar otra película de Star Wars, que se ha convertido en una máquina de devorar directores. 

Y que tiene al enemigo en casa: salvo El despertar de la Fuerza, un proyecto aupado a lo más alto por el regreso del reparto original y la ansiedad de la nostalgia, el resto de estrenos en cine no puede mirar a la cara a lo más exitoso de la factoría Marvel, también propiedad de Disney y que domina la taquilla mundial estreno a estreno. Lo más curioso es que ha sido gente vinculada históricamente a Marvel la que ha devuelto la vida a Star Wars en la televisión. Para ser exactos, el director que convirtió a Marvel en lo que es hoy.

Marvel tardó varias películas en dar con la tecla: fue Iron Man, dirigida por Jon Favreau y estrenada en 2008, dos años antes de que Disney comprase a los superhéroes por 5.000 millones de dólares. Tras un par de tropezones verdes llamados Hulk, Favreau y el productor Kevin Feige (el responsable máximo de todo lo que tenga que ver con Marvel y cine ahora mismo) encontraron la fórmula del éxito. Favreau la ha replicado a su manera en The Mandalorian, el proyecto que ha demostrado que la galaxia es muy grande, además de muy muy lejana, y que hay vida más allá de los jedi. En el éxito de The Mandalorian también ha jugado un papel importante el director Taika Waititi (que resucitó Thor en Marvel).

Lo que hizo el mandaloriano es demostrar que, básicamente, es posible pasárselo bien con Star Wars, independientemente de la pantalla. Recuperar el acuerdo tácito entre espectador y saga, y adaptarlo, al fin, a los nuevos tiempos. Quizá el problema del regreso galáctico fuera ese desde el principio: los nuevos tiempos no son trilogías calcando los ochenta y noventa, sino un puñado de series que sepan aportar algo a los posibles fans de hoy, mientras los de ayer se regocijan al reconocer su infancia en cada plano.

Es un poco lo que contaba Hayden Christensen al reemprender la ominosa figura de Vader para Obi-Wa Kenobi. A Christensen le cayeron todas las críticas por su papel como Anakin/Darth Vader, un personaje que Lucas escribió como se imagina un señor mayor a un fan tóxico de Internet. Era el blanco fácil, el chico nuevo, el que no cumplía las expectativas de los seguidores. Hasta que, 20 años después, descubrió que un montón de chavales llegaron a Star Wars junto a él. Sin filtros previos. Las series de Disney+ tienen hoy el mismo rol: cautivar a los fans del mañana, pese al griterío online de los más talluditos.

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