Generación del 45 – Opinión – 08/07/2022

En lo alto de un plano del tiempo, cruzamos el banco de nubes de un grupo de centenarios de hombres y mujeres que fueron parte fundamental de la generación del 45, una de las más influyentes de todo el siglo XX uruguayo en el plano literario, crítico y nivel periodístico.

Si 2020 vio el centenario de Idea Vilariño, Mario Benedetti, Julio C. Da Rosa y Daniel Vidart, y el año pasado fue el turno del gran Emir Rodríguez de Monegal y la boda de José Pedro Díaz y Amanda Berenguer, 2022 lo tiene redondo siglo en los cumpleaños de la actriz China Zorrilla (a la que se homenajeará en el Día del Patrimonio el próximo mes de octubre), su gran amigo y colega Taco Larreta, la periodista María Esther Gilio, la poeta Orfila Bardesio y dos hombres que apenas tuvieron una importante Día en el calendario: Carlos Maggi, nacido el 5 de agosto de 1922, y Homero Alsina Thevenet, nacido el 6 de agosto, Ida Vitale y César Di Candia, niños prodigio del DI y de la vida, siguen en pie, testigos directos de esta generación e inusualmente activos. Muchos de los autores mencionados han escrito en el diario El País, pero todos han sido abordados de diferente manera en las páginas de esta Cámara en diferentes momentos.

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Los ejemplos abundan. Tras visitar algunas de las revistas culturales más prestigiosas de la generación del 45 y ser amo y señor de la sección literaria del semanario Marcha, un faro de la época, Rodríguez Monegal recaló en el diario El País, donde derramó un montón de escribió tinta en notas críticas sobre libros, teatro y cine. La inolvidable China Zorrilla, dueña de los escenarios y pantallas de ambas márgenes del Río de la Plata, escribió en 1960 una serie de notas periodísticas para El País sobre sus experiencias europeas en París y Londres. Las exquisitas crónicas quedaron recogidas en el libro Diario de viaje editado por Ediciones de la Plaza en 2013. El ojo y la pluma de China no sólo destacan en los comentarios mordaces de las muchas obras que ha visto en los teatros de París y Londres, tan cercanos a lo que entonces era Montevideo, sino también en el humor y la ironía, en el deslumbramiento y en el detalle, en la justa Adjetiva y la mínima anécdota que pinta toda una escena.

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Maggi fue un personaje de paisaje, casi insondable: abogado, dramaturgo, periodista, guionista de radio, cineasta, ensayista, historiador, gestor cultural, polemista y agitador cultural, cantautor. Columnista también: Durante décadas, solía escribir su columna titulada “Producto de culto interno” los domingos en estas páginas. Uno podía estar totalmente de acuerdo con las columnas de Maggi o romper la página del periódico, pero ningún lector quedaba indiferente.

Por su parte, Alsina era una periodista nata, una eminencia de la crítica cinematográfica, “descubridora” junto a Emir del personaje de Ingmar Bergman en un festival de Punta del Este, y traductora (Alsina tradujo al español la biografía de Borges escrita por Emir en inglés). ). Aparte de su primera aparición en el diario en los años 50, Alsina será recordada como el gran hecho de El País Cultural, suplemento que lo tuvo como gran timonel durante casi veinte años, marcando el estilo, el paso propio y el de un elenco de colaboradores y periodistas que acuñaron una época de crónica cultural cada viernes entre finales de los 80 y mediados de los 2000.

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La Biblioteca Nacional de Uruguay tiene una responsabilidad muy grande con cada uno de ellos. No solo cuenta con todas las obras literarias y periodísticas, una amplia base para leer y conocer a los distintos autores nacionales, sino que en muchos casos alberga material de oficina personal (manuscritos, correspondencia, fotografías, textos inéditos, etc.) del escritor, excelente material para los investigadores que quieran profundizar en las condiciones de vida e intentar descifrar los destinos detrás de las firmas.

Uno puede preguntarse legítimamente qué queda hoy de esos 45, dados los honores, la pompa de los centenarios y la memoria institucional. Y la investigación es válida. Más allá de las sombras y manchas que han tenido todos los autores (y en el caso del 45 creo que es importante el abordaje, como parte de un proceso de desmitificación), hay muchos de sus escritos que merecen ser leídos nuevamente. Son parte de la tradición y la tradición hay que conocerla.

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’45 no fue uniforme sino más bien heterodoxo y diverso, a veces erudito ya veces vulgar. Reivindicó el poder de la palabra impresa y el intelecto frente al consumismo materialista que llama a la puerta. Acertó muchos de sus dardos, pero también, con el beneficio de la perspectiva actual, falló de forma un tanto grotesca. Eran orgullosos, generalmente meticulosos y brillantes, amigos inseparables, luchaban hasta la muerte y rara vez se disculpaban. Era una fotografía fiel de lo que produjo Uruguay después de la Segunda Guerra Mundial, voces de desesperación en medio de los estertores de Suiza América. Dieron forma al país y se proyectaron lejos en todo el mundo. Voces talentosas y sarcásticas, en medio de los cambios de un nuevo mundo difícil de entender. Voces que aún resuenan después de un siglo de distancia, y hasta para desafiarlas hay que conocerlas, apreciarlas, discutirlas y repensarlas. Quizás el mejor homenaje aguarda en el silencioso paso de las páginas.

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