Homenaje a Pete Sampras a veinte años de su último partido

Un sala repleta de leyendas, el proyector mostrando imágenes de su carrera y de fondo sonando ‘My Way’, de Frank Sinatra. Aunque mi juventud me impidió verle jugar en directo, en mi cabeza siempre habitó esta fantasía sobre cómo tendría que haber sido la retirada de Pete Sampras. El tenista que gobernó la década de los 90, el prodigio que rompió el techo con 14 campeonatos de Grand Slam, pero también el hombre que colgó la raqueta de la manera más elegante que se pueda imaginar. Justo se cumplen veinte años de aquella final ante Andre Agassi en el US Open 2002, fecha donde el estadounidense cumplió su último deseo como profesional: recordarnos que jamás se puede dudar de las leyendas.

A Champion’s Mind’ es una de mis últimas adquisiciones literarias, la autobiografía que Pete Sampras escribió en 2009 con la ayuda del periodista Peter Bodo. Este será el punto de partida para traer, ya no solo el relato de su retirada, sino muchas más historias que vendrán en el futuro y que me gustaría compartir con los lectores de Punto de Break. Pero hoy toca empezar por el final, el adiós del mito, una despedida de película que vino precedida por las dos temporadas más duras de su carrera. El contexto nos sitúa a principios de este siglo, con un Sampras que empieza a pugnar con las adversidades de la treintena. Primeras lesiones serias, reducción del calendario, rivales mucho más jóvenes y un interés creciente por formar una familia. Pese a todo, el mundo del tenis le ve celebrar un nuevo título de Grand Slam en Wimbledon 2000, desempatando con Roy Ermerson y convirtiéndose en el hombre con más trofeos individuales de Grand Slam de la historia, 13.

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Es entonces cuando llegan las curvas de verdad. Primero en la final del US Open 2000, donde un descarado Marat Safin le avisa sobre el inminente cambio generacional. En Wimbledon 2001 se queda fuera de los cuartos de final por primera vez en diez años, golpeado por un talentoso suizo llamado Roger Federer. La trilogía se cierra donde arrancó, en Nueva York, con Lleyton Hewitt aplastándole en la final del US Open 2001, una tarde en la que Pete apenas suma ocho juegos. El norteamericano cerraba el curso sin ningún título de Grand Salm, cortando una racha de ocho calendarios sin fallar. Ya no es invencible, ahora pierde finales, situación que le lleva a replantearse su futuro de forma inmediata.

DUDAS, CAMBIOS Y FRUSTRACIÓN

Algunos expertos pensaron que estaba disminuyendo mi velocidad, que el tenista que vieron en aquella final ante Hewitt ya no estaba capacitado para enfrentar al fuego en los ojos que traían los más jóvenes. Me veían cansado, vulnerable, sin una estrategia definida para abordar el juego de todos aquellos veinteañeros que estaban apareciendo. Parecía que mis días estaban contados, pero a mi espalda todavía cargaba con un montón de números”, manifiesta el de Washington en sus memorias.

Solo tenía 30 años, pero el ruido aumentaba tras cada derrota en su currículum. “No pensaba en retirarme, pero la gente cada vez hablaba más y eso era difícil bloquearlo. Sentía que todavía me quedaba fuerza para un último empujón, pero tampoco quería engañarme. Después de la derrota ante Hewitt decidí que un cambio de entrenador podría devolverme la inspiración y la motivación para tener esa última buena racha. Después de siete años con Paul (Annacone) tuve un presentimiento, necesitaba un descanso. Podía haberme conformado y aceptar mi final, pero realmente creía que me quedaba algo grande por dar”, declara acerca de aquellos instantes de duda.

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Romper con Annacone significaba cortarse la mano derecha, la persona que le había acompañado desde mediados de 1995, el técnico que exprimió al máximo su estilo de juego y le convirtió en un maestro sobre hierba. Tocaba buscar un nuevo compañero de trabajo, pero Bob Brett y Tony Roche rechazaron su propuesta, así que la primera gira de 2002 la inicia con Tom Gullikson (hermano de Tim, ex entrenador de Sampras y tristemente fallecido en 1996). La cosa no fue bien, así que en marzo llama a José Higueras y apuesta por otro director de orquesta. El español le propone una modificación en su raqueta, una de cabeza más grande que le permita jugar con un poco más de margen ante el cambio de paradigma dentro de la pista. Pete, con todo el respeto, se niega.

Amenazaba tormenta y terminó confirmándose con una serie de catastróficas desdichas en primavera, empezando por una derrota en Copa Davis ante Àlex Corretja, donde ni la localía, ni jugar sobre hierba, le salvaron de la caída en cinco mangas. Aquel fracaso le hizo enloquecer, un disgusto que se multiplicó en la gira de tierra batida, donde hizo final en Houston para luego sumar una victoria en los cuatro siguientes torneos. Incluso NIKE le dio la espalda, ofreciéndole un contrato de renovación a la baja, causando una tremenda decepción en el estadounidense. Sampras no entendía nada, su récord de 13 Grand Slams había caído en el olvido, ahí fue cuando entendió cómo funciona el marketing dentro del deporte: el pasado ya no vale, solo importa lo que puedas conseguir en el futuro.

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EL CEMENTERIO’ DE WIMBLEDON

Pero ninguna de estas pérdidas sería tan cruel como la que protagonizó en segunda ronda de Wimbledon 2002 ante George Bastl, un suizo fuera del top100 que iba a darle la puntilla en el lugar más célebre de su carrera. No le gustó que programaran su encuentro en la Pista 2, denominada ‘El Cementerio’ debido a la cantidad de sorpresas que se habían producido allí a lo largo de la historia, por lo que acabó dolido incluso con la organización del torneo, que tampoco parecía respetar la leyenda del heptacampeón.

Cuando regresé a casa sentí ganas de llorar, lo cual me asustó mucho, ya que en mi carrera siempre me había tomado las derrotas con calma. Solo había sido un partido de tenis, no comprendía mi situación, pero en aquel momento ya no tenía dudas sobre lo que me esperaba por delante. Las ruedas de prensa eran cada vez más dolorosas, mi cabeza pensaba cada día en la palabra ‘jubilación’, pero no estaba dispuesto a abandonar. Estaba pasando por uno de los dilemas más angustiosos que un jugador puede sufrir, el creciente e ineludible susurro de los críticos afirmando que tu tiempo ya ha pasado. De una cosa me di cuenta: cuando muchas personas empiezan a preguntarte si deberías retirarte o especulan sobre tu jubilación, es que igual tienes que hacerlo”, valoró el hombre que había sido número 1 del mundo durante 286 semanas.

Mientras el mundo entero debatía con total licencia sobre su futuro, los números eran los únicos que no mentían. El Open de Australia había sido una decepción, la Copa Davis un shock, Roland Garros un fracaso y Wimbledon una catástrofe. No había un resquicio de esperanza en ninguna parte y, para colmo, el día que volvieron a Los Ángeles iban a chocar con un nuevo obstáculo en el camino, aunque muy diferente a los anteriores. Bridgette Wilson, esposa del campeón desde hacía dos años, se convirtió en una diana fácil para la prensa. Lamentablemente, alguien tenía que pagar los platos rotos de aquella racha de resultados, y ni siquiera el hecho de que estuviera embarazada frenó la corriente de odio que se originó alrededor de la actriz. “Es la Yoko Ono del tenis”, expresó Jim Huber en la CNN, una frase que a Pete no le hubiera dolido tanto de no haberla escuchado junto a ella.

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En ese momento, Sampras se quedó mirando a Bridgette, que estaba completamente pálida, paralizada tras escuchar aquel comentario. El campeón estaba enfurecido, le sangraba el alma imaginando que su mujer pudiera sentirse culpable, pero eso era imposible después de todos los esfuerzos que había realizado, hasta el punto de dejar su trabajo como actriz para dedicarse únicamente a su familia. ‘¿Todavía merece la pena? ¿Qué más me queda por lograr en el tenis? ¿Por qué debería hacernos pasar por todo esto?’. La crítica de aquel periodista le había dejado en la lona, más tocado que nunca, pero fue precisamente el origen de su renacimiento. Una conversación con Bridgette aquella noche cerraría la herida para siempre.

Revelando una fuerza inusitada y un carácter imperial, su mujer lo miró y se lo dejó muy claro: “Pete, eres mi esposo y te amo, no me importa lo que hagas, pero prométeme una cosa: cuando decidas renunciar, cuando dejes el tenis atrás, prométeme que lo harás en tus propios términos, a tu manera”.

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THE LAST DANCE

El fuego estaba de vuelta. Sampras se liberó de todos sus miedos y decidió ponerse manos a la obra, pero necesitaba un socio que le acompañase en el viaje. No tuvo que ser fácil levantar el teléfono y marcar el número de Paul Annacone, pidiéndole que por favor volviera a ser su entrenador, pero el técnico se encargó de restarle hierro y aceptar la oferta encantado. Siete meses después de dejarlo, la dupla se reunía para una última aventura de dos años. Sí, dos años, ese fue el plazo que el propio Pete le presentó. El tenista de Washington volvía a creer, volvía a querer, porque a su lado estaba de nuevo el hombre que más crédito le había demostrado en toda su carrera.

Todo sonaba demasiado bonito, hasta que tocó volver a la competición y estamparse otra vez contra la realidad: octavos de final de Canadá (Tommy Haas), segunda ronda en Cincinnati (Wayne Arthurs) y primera ronda en Long Island (Paul-Henri Mathieu). Después de tres eventos, el ‘efecto Annacone’ no había dado resultado y el tiempo de preparación de cara al US Open 2002 se había terminado. Aquel verano, la palabra ‘retirada’ y el apellido Sampras se abrazaron más fuerte que nunca, hasta casi dar por hecho su vinculación.

No creo que los medios de comunicación deban presionar al jugador acerca de un tema tan delicado como su retirada, mucho menos cuando está pasando por un mal momento, me parece incluso una falta de respeto. Sin embargo, también funciona como un elemento de reacción para el jugador, aunque en la mayoría de ocasiones lo que provoca es un peaje insalvable para el deportista”, expone el norteamericano en su libro. Ni en sus mejores sueños podía imaginar lo que le estaba a punto de ocurrir.

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NUEVA YORK, SEPTIEMBRE 2002

El último Grand Slam de la temporada arrancó con un cuadro completamente abierto, aunque ninguno metía a Pete en las quinielas. Ocupando el puesto #17 del ranking ATP, hasta sus compañeros de vestuario se atrevían a vacilarle en alguna rueda de prensa, empujándole a una retirada que cada día estaba más próxima. Todo era una estrategia para minarle la moral, ya que por dentro hubiesen pagado dinero con tal de no cruzarse con él en Flushing Meadows. Albert Portas, Kristian Pless y Greg Rusedski fueron sus tres primeros rivales en el torneo, aunque solo sufrió de verdad ante el británico, a quien tumbó en cinco sets.

A pesar de todas las turbulencias previas, no estaba jugando el US Open enfadado, no sentía que tuviera nada que demostrar. En el fondo, esas brasas internas estaban ardiendo, pero yo estaba centrado en mi tarea, en estar en forma, en sentirme bien. Me habían descartado desde el inicio, pero eso solo hacía que alguien como yo se volviera más peligroso. No pensaba en llegar a rueda de prensa y señalar a nadie, solo pensaba en darme una nueva oportunidad, porque de verdad creía que todavía era capaz. Lo sabía y eso fue lo que me mantuvo en marcha. Tampoco es que necesitara otro Grand Slam, ya tenía el récord en mi poder, incluso ya había ganado unos cuantos US Open. Pero quería ganar uno por ella, por Bridgette”, expresa desde el corazón.

Con la mente fría y el corazón en llamas, Sampras siguió avanzando en la segunda semana dejando víctimas de la talla de Tommy Haas (24), Andy Roddick (20) y Sjeng Schalken (26). Estaba pletórico, en mucha mejor forma que el año anterior, plantándose en la final donde le esperaba el mayor rival de su carrera, alguien que también había sobrevivido a sus propios infiernos. Tal y como sucediera en su primera final de Grand Slam (US Open 1990), Andre Agassi (31) aparecía al otro lado de la red para ocupar el otro 50% del cartel. Era la pareja de finalistas más veterana del US Open desde hacía 32 años, pero nadie hubiera firmado un desenlace más poético que aquel pulso entre enemigos íntimos. Un duelo entre locales que suponía el 34º enfrentamiento de la rivalidad.

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Nunca pensé que aquel podría ser mi último partido oficial, no había ningún sentimiento de venganza o reivindicación por mi parte, ni ganas de regodearme. Tampoco quería momentos emocionales dedicados a contemplar mi carrera o mi camino hasta llegar allí. En mi cabeza solo había lugar para pensar en mí, en el nivel de tenis que desplegaríamos durante las próximas tres horas, esa fue siempre mi predisposición antes de un partido”, explica el de Washington sobre su percepción previa a la acción.

El partido no llegó a las tres horas, en parte debido a que Sampras se mostró inconmensurable en los dos primeros actos, mostrando su mejor nivel en años. André estaba lento, desordenado, pero en el tercero recuperó su timing para ponerle picante al encuentro. Ya con luz artificial, el público disfrutó de dos jugadores únicos, dos veteranos que peleaban por soportar las embestidas del rival y la humedad de la noche neoyorquina. En la cuarta manga, el chaval de Las Vegas hizo break y dio un paso al frente, el quinto set asomaba peligrosamente, hasta que Pete activó el modo campeón.

¡CATORCE GRAND SLAMS!

Seguramente se acordó de todos los antecedentes con André, de la táctica correcta para vencer al de Las Vegas, pero también de las críticas recibidas por parte de la prensa y las lágrimas de su mujer. O quizá no pensó nada de lo anterior y, simplemente, entendió que lo mejor para su físico era cerrar aquello en cuatro parciales. Al final y al cabo, cuando el duelo llegaba a esos niveles mentales, pocos podían cambiar los planes a Pistol Pete.

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Dejé caer la raqueta y levanté los brazos lentamente. Se acabó, se acabó, se acabó para siempre. No lo sabía en ese momento, pero aquel sería mi último partido en el Abierto de los Estados Unidos y mi último partido como profesional. Mi último partido con André, así como mi última aparición en Grand Slam. Era mi último momento, el sol se desvanecía tan rápido como descendía la neblina de una clásica tarde a finales de verano en Nueva York. Me habían dado una última oportunidad para irme bajo mis propios términos… y la tomé”.

Y por si fuera poco, el récord de 14 Grand Slams. Tras dos temporadas de muchísima adversidad, miedos, frustración y de no ganar ningún título en sus últimos 32 intentos, el mundo del deporte recordó quién era Pete Sampras y cuál era el instinto competitivo de los grandes campeones. Aquello ayudó a enterrar todos los fantasmas de golpe y, por qué no decirlo, a sanear ligeramente el bienestar de su ego. El estadounidense estaba tan satisfecho que no volvió a competir en lo que restaba de año, así seguiría hasta perder esa sonrisa irónica con la que se despertaba cada mañana.

Era un cierre perfecto, aunque no lo pensé así en ese momento. De hecho, en las siguientes semanas me pregunté qué sería lo próximo, nunca pensé que había terminado mi etapa como jugador. Veía que todavía estaba en forma, no tenía dudas sobre mi competitividad y ni mucho menos estaba quemado. Pero fueron pasando las semanas y descubrí que ya no tenía ganas de jugar, así que me retiré de todos los torneos de mi agenda hasta final de año”, afirma sobre su alejamiento del tour.

Después de ser padre por primera vez en aquellas Navidades, la temporada 2003 arrancó sin demasiadas noticias. Pete seguía borrándose de los torneos, aunque sin dar demasiadas explicaciones ni alegando ningún motivo. Pasaban las semanas, las giras, las estaciones, pero nadie sabía qué pasaba con el mejor jugador de todos los tiempos. Dos semanas antes de empezar Wimbledon, el norteamericano se armó de valor y contactó con Paul Annacone, aunque sin estar del todo convencido. Ambos quedaron para entrenar, pensando en un posible regreso en el All England Club. Según cuenta en sus memorias, apenas unos minutos de calentamiento le bastaron para darse cuenta de que el momento había llegado. Su felicidad ya no dependía de la raqueta.

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DESPEDIDA A LO GRANDE

Los chicos se suelen retirar porque sus cuerpos ya no aguantan, o porque el nivel de juego les supera, quizá porque mentalmente están fritos, cansados de la rutina, o centrados ya en su familia. En mi caso, no fue ninguna de las anteriores. Mi juego estaba ahí, mi esposa me apoyó en todo momento, incluso me lo subrayó: ‘Espero que no sientas que debes renunciar ahora por tener una esposa y una familia’. Para ser un tipo del que decían que carecía de emociones, mi decisión de retirarme fue puramente emocional. El amor por la batalla dentro de la pista había desaparecido”, asegura con total honestidad. Así fue como Sampras, nueves meses después de su último partido, puso fin a la trayectoria más espectacular que el tenis masculino había vivido hasta el momento.

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Solo faltaba encontrar el momento y el lugar para anunciarlo, para despedirse de los millones de fans que le había aclamado durante las últimas quince temporadas, así que el US Open no tardó en mover ficha. Con una ceremonia repleta de leyendas (Courier, Becker, McEnroe, hasta Agassi entró por videomarcador…) y con múltiples imágenes de sus mejores momentos, solo faltó que sonara Sinatra. Años después, en 2007, Sampras ingresaría en el Salón de la Fama, circunstancia que Wimbledon aprovechó para ofrecerle una WC para el cuadro final. Por supuesto, la rechazó. Con 36 años, no había ninguna necesidad de enfrentarse a jugadora que ni siquiera conocía.

Han pasado veinte años desde su último partido, veintiuno si ponemos la marca en su despedida en la Arthur Ashe en 2003, dos décadas donde le hemos perdido la vista por completo. Su carácter introvertido pesó más que cualquier otro factor, le hizo alejarse de los focos y del mundo del tenis, exceptuando su presencia en alguna que otra final de Grand Slam desde el palco de honor. Es en ese momento cuando los románticos recuperan la sonrisa al ver al campeón, evocando algún recuerdo del pasado o recordando el sonido de sus saques al chocar contra el cemento. En cuanto a Sampras, no se preocupen por él, ya no se pone nervioso, ni se emociona, ni le tiembla la voz ante el micrófono. Justo en esa materia, la de manejar los tiempos y mostrarse frío en el abismo, ningún otro ha podido reemplazarle.

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