la batalla por las ecoetiquetas

De la mano de Edda Müller, en 1979 se colocaron las primeras ecoetiquetas en Alemania, bajo el nombre de Ángel Azul.

Por Mariana Castro Azpíroz

Terminó la Segunda Guerra Mundial y Alemania está dividida. Ocho estudiantes del Este intentan cruzar la frontera con la ayuda de Edda Müller, una estudiante de ciencias políticas que vive en Alemania del Oeste. Como ella tiene un pasaporte, ha estado ayudando a distintas personas a escapar. Pero entre los estudiantes hay dos espías encubiertos que los delatan. Edda es arrestada y pasa un año en prisión. 

Nuevas fronteras que cruzar

Aunque parece la sinopsis de una película, se trata de una historia real. Cuando fue liberada, Edda terminó sus estudios en ciencias políticas y trabajó en varias instancias del gobierno. Era claro que desde un inicio tenía interés por hacer algo por el mundo. En 1977 se integró a la Agencia Federal de Medio Ambiente, que había sido fundada apenas tres años antes. En su primer año ahí lideró la creación de la primera etiqueta ecológica: el Ángel Azul.

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De acuerdo al Diccionario Inglés Oxford, una ecoetiqueta es “un símbolo oficial que indica que un producto ha sido diseñado para causar un menor daño al medio ambiente que otros productos similares”. Hay dos grupos a quienes debe interesarles esta información y suelen tener intereses opuestos: la industria y las organizaciones ambientalistas. Pero en su momento, el Ángel Azul no fue bien recibido por ninguno de los dos bandos.

A pesar de ser un sello voluntario, las empresas se oponían a la existencia de las etiquetas ecológicas. Originalmente, el sello decía “amigable con el ambiente porque…”, pero esta leyenda causó demandas por parte de las compañías mismas, que consideraban que era publicidad engañosa. Por su parte, las organizaciones ambientalistas establecían que es imposible que un producto sea amigable con el ambiente si fomenta el consumismo. Al final fue la prensa quien bautizó al sello, ya que toma su color del logo del Programa Ambiental de las Naciones Unidas (UNEP) y su figura se asemeja a un ángel. Eventualmente se retiró la leyenda y se adoptó el nuevo nombre. 

Ecoetiqueta “Ángel Azul”. Fuente: Umweltbundesamt. (2018). “40 years. Blue Angel: The German Ecolabel.” Agentur für Kommunikation GmbH.

En los 40 años que han pasado desde su creación, la ecoetiqueta ha ganado más popularidad cada vez. Parece que esta vez Edda le ayudó a las compañías a cruzar del otro lado, porque ahora sucede lo contrario que en su origen. Conforme ha crecido el movimiento ambientalista, las empresas han buscado certificarse porque anunciar que sus productos son ecológicos ahora es una ventaja competitiva.

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Los originales Ángeles Azules 

En 1979 se colocaron las primeras ecoetiquetas a aerosoles amigables con el ambiente, papel de baño hecho de papel recuperado, podadoras de césped de bajo ruido, llantas recauchutadas, botellas retornables y bancos de botellas (contenedores donde se colocan botellas vacías para reutilizarlas). Así se incentivó a resolver problemas ambientales proponiendo alternativas a través de productos modificados.

Siguiendo esta lógica, resulta que las bicicletas no pueden certificarse con el Ángel Azul porque los consumidores ya saben que usar una bicicleta es en sí misma la alternativa ecológica. Por el contrario, cuando recién se creó la ecoetiqueta, era común usar una pintura amarilla que tenía un alto contenido de cadmio: un metal pesado que es tóxico. El servicio postal alemán era color amarillo, pero cambió de color y retiró esta pintura de sus vehículos, buzones y materiales impresos para poder obtener la certificación. También comenzó a manufacturar los directorios telefónicos de manera que fueran reciclables. 

Hoy en día, gran número de productos pueden obtener un Ángel Azul, incluyendo: detergentes, vehículos, empaques, ropa, tecnologías de la información y comunicación (TICs), servicios de limpieza, productos de papel, construcción o relativos a energía y calefacción. Más de 12 mil productos y servicios de 1,600 compañías poseen el sello.

Apuntando alto

La lucha no termina aquí porque el objetivo de esta ecoetiqueta es ayudar a los consumidores a elegir los productos que cumplan con características que los hagan más sustentables. Las condiciones de trabajo de las personas implicadas en el proceso de manufactura también se han convertido en algo que le preocupa a los consumidores. Es por eso que desde 2011, el Ángel Azul incluye criterios de selección con requerimientos sociales para las categorías de textiles, teléfonos celulares, juguetes y zapatos.

El sello sube los estándares constantemente para propiciar que se creen productos optimizados. Exploremos el caso de los celulares. Para elaborarlos se utilizan metales raros, como el oro, tungsteno y tantalio. El Ángel Azul toma en cuenta la salud ambiental y de las personas, para que los recursos se obtengan de manera socialmente responsable y que las condiciones laborales sean las adecuadas. Además, pone como estándares que los distintos componentes de los teléfonos celulares y sus baterías sean reemplazables y de alta calidad y que el equipo pueda soportar muchas actualizaciones de software, para asegurar que tengan una vida útil larga. Finalmente, se deben poder reciclar al concluir su ciclo de vida.

Etiquetas que vale la pena poner

Edda Müller fue pionera en el establecimiento de ecoetiquetas, pero ahora ya existe una variedad de ellas. El Forest Stewardship Council impulsó desde 1990 un sello con sus siglas; FSC, para ayudar a identificar los muebles, envases de cartón y otros productos desarrollados a partir de madera y residuos provenientes de bosques sostenibles. Por su parte, “Top Runner” existe en Japón desde 1999 y destaca cualquier producto—desde autos hasta refrigeradores—con máxima eficiencia energética. Esto incrementa su competitividad en el mercado internacional y lo vuelve más atractivo para los consumidores, porque representan un ahorro no sólo energético, sino económico. La implementación del sello redujo la importación de petróleo en más de 220,000 barriles en 2015 en este país.

Queda claro que no necesitamos un mundo dividido ni bandos opuestos, sino trabajar por objetivos comunes. Las ecoetiquetas nos ayudan a sensibilizar respecto a la crisis climática porque propician la responsabilidad ambiental tanto por parte de las empresas como de los consumidores. Así, promovemos la creación de productos y servicios con menor impacto ecológico y fomentamos la economía circular.

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Mariana Castro Azpíroz estudió biología molecular en la UAM Cuajimalpa. Ha realizado investigaciones en colaboración con el Centro de Investigaciones Biológicas y Acuícolas de Cuemanco (CIBAC, UAM-X); además, se ha dedicado al cuidado y conservación de especies acuícolas endémicas. Desde 2019 se dedica a la divulgación científica y actualmente hace educación ambiental a través de redes sociales.