La fama se esculpe bajo el sol – Juventud Rebelde

¿Quién es Blas Armando Aguiar Gil? Lo primero que diría, entre tantas cartas de presentación que tiene este cienfueguero, es el reconocimiento con más cachet en un currículo que soporta varias páginas. En 2005 se convirtió en el cubano debutante en el Salón de la Fama del Softbol mundial, más que todo por una convincente y feraz trayectoria como entrenador que no para de crecer. Sus conocimientos todos y esa fina pedagogía han estado en nuestro país, Curazao, Italia, Rusia, España, Ucrania y Chile.

Le cuenta a Juventud Rebelde que ese premio representa al softbol antillano y no lo aprecia como algo personal. En su cabeza siempre están cada una de las personas que contribuyeron al galardón, porque las grandes cosas muchas veces están acompañadas de múltiples factores.

Lo que sí lo inquieta bastante, a él, un hombre muy mesurado, es que no lo exaltaron en Cuba, porque en 2007 al presidente de la Federación Internacional de la disciplina, Don Porter, le fue negado el permiso de viaje por parte del Gobierno de Estados Unidos. La placa y el anillo que debió recibir en La Habana, le fueron entregados en Italia. La placa descansa hoy donde tiene que estar, según sus palabras, en el Salón del Deporte Cubano.

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Desde hace algunos meses es el jefe técnico de la selección nacional femenina de Chile y el orgullo aflora cuando menciona que en julio pasado, en un torneo efectuado en España, el país obtuvo su primera victoria internacional de por vida, engrandecida días después con el título del certamen. Todo un suceso en la nación sudamericana, reflejado en numerosas planas.

Aunque a su contrato allí le queda poco más de un año, Armando no ve el día para regresar a Cuba y con natural franqueza dice que no se imagina una vida fuera de su país. Extraña mucho las costumbres, la cercanía de sus paisanos, la familia y el calor de sus vecinos de Arroyo Naranjo.

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Confiesa que sus compromisos en el exterior los ha asumido no para engordar currículo, sino para cumplir con su deber de ser entrenador, que es lo único que sabe hacer, porquenunca ha hecho negocios o ha vivido de otra cosa que no sea su trabajo. Su difunto padre, un campesino muy consecuente con su labor, le enseñó a no mentir jamás y eso moldeó una honradez que luce involuntariamente.

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Armandito nació en el municipio cienfueguero de Palmira y a los dos años se trasladó a La Habana junto a su familia. Cerca de su casa, en el estadio Ciro Frías, en Arroyo Naranjo, jugó mucho béisbol, pero no fue hasta los 16 abriles, cuando superó las pruebas para ingresar a la ESPA, que lo practicó de manera organizada. Representó al equipo de Transporte en la primera categoría y fue reserva de Industriales mientras cumplía con el servicio militar.

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Sus facultades para la pelota le permitieron, durante su paso por la actividad militar, involucrarse en torneos de softbol interejércitos.

Esos certámenes significaron un giro en la carrera deportiva del joven, toda vez que en la década de 1970 participó en varios campeonatos nacionales, conformó algunas preselecciones cubanas y asistió en 1979 a un tope en Panamá, tres años después de terminar su misión en Angola como sanitario mayor. No presagió que el softbol circularía tan rápido por su sangre y le daría una inyección de vitalidad que todavía hoy dura.

Sin mucha motivación, aceptó una orientación dada en 1981 de entrenar a un equipo femenino para intervenir en torneos en el municipio y la provincia. Poco tardó en ser fundador del primer campeonato nacional para damas, en ese propio año, y luego asistió a varias ediciones más, siempre como entrenador, coach de picheo y mánager de Ciudad de La Habana e Industriales.

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Aguiar, con apreciables virtudes defensivas y dueño de una buena técnica de bateo en su época de atleta, le agradece a Ramón Villabrille por haberse acercado a él con la propuesta del softbol femenino y asegura que ha valido la pena, entre otras cuestiones, porque se mantuvo alrededor de 18 años cumpliendo las funciones de jefe técnico del colectivo nacional.

Entre las numerosas competiciones internacionales a las que acudió figuran dos clasificatorios para los Juegos Olímpicos. En el primero se le hizo esquivo al plantel el propósito, pero en el siguiente sí pudo avanzar por primera vez a la magna cita multideportiva. No obstante, Armando y cinco jugadoras claves quedaron fuera del conjunto que viajó a la ciudad australiana de Sídney, en el 2000.

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«Debido a mi función en la selección cubana me pidieron que hablara con ellas y les dijera que no estaban en el elenco por problemas técnicos, lo que consideré una falta de respeto y de ética porque todas eran regulares. Me negué rotundamente. Dije que quien tuviera ese criterio hablara con ellas y les explicara la verdad: se planteaba que eran posibles desertoras. La noticia fue un golpe durísimo para las muchachas y para el equipo, porque Cuba en esos Juegos, con ese quinteto, estaba para medallas. Te aseguro que sería un hecho histórico.

«Yo quedé excluido de Sídney 2000, supuestamente, porque nunca supe el motivo verdadero, por algunas cartas anónimas en contra mía enviadas a niveles superiores. Esas cartas anónimas hacen mucho daño, es una forma de hacer contrarrevolución. Solo pude leer una que me facilitó un amigo y me difamaba completamente. Pocos días antes de salir el equipo me informaron que podía continuar con el plantel —sin posibilidad de viajar—, que yo no era el caso de las cinco jugadoras. Exploté, les dije que conmigo se equivocaron por esa desconfianza, que yo era militante del Partido, combatiente internacionalista…».

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Cuenta el coach que posteriormente se reunieron con él y le explicaron que se había cometido un gran error y que no tenía problema alguno para viajar. Pero ya el daño estaba hecho, agrega, porque fue una injusticia enorme que jamás perdonaré.

Resignado a la manida frase de que no hay mal que por bien no venga, le ve un flanco positivo a toda esa situación bochornosa cuando declara que gracias a ello pudo trabajar con el softbol en otras latitudes desde el momento que, en 2001, salió a cumplir su primer contrato en Italia mediante la empresa estatal Cubadeportes S.A. Allí compiló una retahíla de éxitos que luego trasladó a cuatro países, incluso más de una vez a nivel de selecciones nacionales.

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En la conversación ha afirmado y reafirmado tener a la familia en un sitio irremplazable. No me ocupo, sino me preocupo por ella, recalca. Casi medio siglo junto a su esposa y entregado a sus dos hijas y dos nietas. Ser educadas y tener buena actitud ante la vida son reglas elementales que nunca han faltado en su cúmulo de enseñanzas hacia ellas.

«Soy jaranero en la casa, con la familia, hasta con las amistades. Lo heredé de muy buenos entrenadores como Fermín Guerra, Heberto Blanco, Pedro Naranjo, José Miguel Pineda, «El Chino» Alpízar, Iván Davis. De cubanía tengo bastante, eso me sobra. Muy sencillo, muy modesto, como guajiro al fin. No vivo de lo que he hecho, me valoro yo mismo por lo que hago», comenta campechanamente.

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Ha sido uno más de los que ha sentido en su país las filosas dentelladas del olvido, que a otros ha mordido con más saña y dejado moribundos casi. Ante ello ni se inmuta. Ha hecho las cosas sin el afán de que se las reconozcan, dice que con que satisfaga a su familia, a sus jugadores o a cualquiera que se interese por lo que él realice, con eso alcanza.

Siempre ha tratado de trabajar y sudar igual que sus atletas, no hay un alumno mío que diga que yo he estado bajo un árbol, cogiendo sombra, mientras ellos entrenan, asegura.

«La satisfacción más grande que yo puedo tener es que mis discípulos hablen de mí cuando ya tengan cierta edad. No me preocupa lo que puedan pensar o dejar de hacer otros. Por tanto, como te expliqué antes, mi familia también forma parte de esa felicidad, a la que se suma estar satisfecho con lo logrado en mi vida, sin ningún tipo de prejuicio.

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«Pienso que mi historia sirva para un grupo de personas y si a otros no les interesa, pues no pasa nada. Mira, te estoy muy agradecido de que te hayas interesado por mi historia y me hayas insistido tantísimo para esta entrevista, mientras yo esquivaba por un lado y esquivaba por el otro. Por eso te he dado estas tres o cuatro horas de diálogo y me alegra haber tocado muchas cosas, que siempre he tenido en mente y ahora me las refrescaste, aunque algunas he olvidado por mi edad. Tengo 73 años».