Manuel Marchena, Académico de número de la Real Academia de Doctores: un día para recordar

Asistí el otro día, 26 de octubre, a un acto precioso. El nombramiento de mi querido y admirado Manuel Marchena Gómez como Académico de Número de la Real Academia de Doctores de España. Medalla 63.

El lugar no podía ser más impresionante y hermoso, cual es el paraninfo de la Universidad Complutense, sito en la calle San Bernardo de Madrid, sede de la antigua Universidad Central de nuestra capital.

El Paraninfo es un espacio grandioso, al estilo de un palacio florentino, con una planta de 36 metros de largo por 16 de ancho, de apariencia elíptica al tener las esquinas redondeadas.

Si bien tal y como lo conocemos hoy fue inaugurado el 2 de octubre de 1852, su origen se remonta a mediados del Siglo XVII, primero como iglesia y Noviciado de la Compañía de Jesús; expulsados los jesuitas en 1767, pasó a ser ocupado por la Congregación de Sacerdotes Misioneros del Salvador del Mundo, después nuevamente por los jesuitas y, con posterioridad, por el cuartel de artilleros militares hasta que en 1842 se convirtió en la sede histórica de la Universidad Central, convirtiéndose en su sede oficial.

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Declarado monumento histórico-artístico el 7 de noviembre de 1980, en 1983 fue sede de la Asamblea de Madrid.

Destaca, dentro de su hermosura, la decoración del techo, un enorme lucernario que da luz, ilumina de forma espectacular toda la grandiosa sala. En los extremos de la bóveda, las imágenes de Isabel II, en la presidencia, y de Isabel la Católica en el extremo opuesto.

En la bóveda imágenes de mujeres que representan las distintas disciplinas académicas.

En la actualidad es la sede oficial de la Real Academia de Doctores de España, creada en 1922, siendo una corporación de derecho público, de carácter científico, técnico humanístico y social, con capacidad jurídica propia, integrada por 10 Secciones de la que forman parte doctores disciplinas académicas de toda España.

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UN LUGAR HISTÓRICO

En tal paraninfo han impartido conferencias nuestro premio nobel Ramon y Cajal; Albert Einstein, quien explicó la teoría de la relatividad; José María Castán y Tobeñas, tantos y tantos años presidente del Tribunal Supremo… el último, Manuel Marchena Gómez, ex fiscal, magistrado del Tribunal Supremo adscrito a su Sala Segunda o de lo Penal y, desde octubre de 2014, presidente de la referida Sala.

El acto muy protocolario, como mandan los cánones, fue largo, casi dos horas. El público tanto en los bancos de la sala como en estrados, se puso en pie para recibir a la mesa presidencial (en la que estaban también, como invitados de honor, el presidente del Tribunal Constitucional, Pedro González-Trevijano, y el presidente interino del Tribunal Supremo, Francisco Marín Castán) y el resto de doctores de la Real Academia, cada uno con sus distintivos de su disciplina académica y doctorado, algunos con más de uno. Brillantes y hermosos colores.

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Después de los respectivos discursos de Manuel Marchena y la contestación en nombre de la Real Academia -y como discurso de bienvenida- de Jorge Rodríguez-Zapata Pérez, también magistrado del Tribunal Supremo pero de su Sala Tercera o de lo Contencioso-administrativo.

Finalizó el acto con el clásico “Gaudeamus igitur” (eso sí, grabado… ¡ya hasta nos olvidamos de nuestras tradiciones!) y, el público puesto en pie, despidió a la comitiva de la Real Academia, encabezada por la mesa presidencial… para luego volver Manuel Marchena a saludar a los suyos.

Para una descripción exacta del acto, vid. la columna publicada en el Confilegal por su director, Carlos Berbell, el 27 de octubre. En todo caso, quizás -opinión personal, por supuesto- acto demasiado largo y, humildemente propongo que, manteniendo la tradición, debe actualizarse, suprimiendo, por ejemplo, el acto final, consistente en que el público puesto nuevamente en pie, observa como la comitiva, encabezada por el presidente y resto de miembros de la mesa presidencial seguida del resto de doctores, abandonaba el salón.

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Creo, con absoluta sinceridad, que leer un discurso de ingreso en la real Academia de Doctores es el más alto honor para un doctor, cualquiera que sea su disciplina académica, pero, en especial, para un jurista por cuanto nuestro trabajo se hace, se construye con palabras, escritas o verbalizadas. Y Manuel Marchena es un gran jurista; el mejor para mí, pero nadie me discutirá que es, al menos, uno de los mejores.

¿Y de que nos habló Marchena? De un tema de rabiosa actualidad. Del Derecho Penal y de la Inteligencia artificial (en adelante IA). Magnífico discurso que, sin duda alguna, será un referente, de obligada cita cuando alguien estudie la IA en el mundo del Derecho, especialmente del penal.

Bien construido, bien explicado y con unas conclusiones que, sin duda, nos hacen pensar y reflexionar en este mundo tan cambiante que no ha tocado vivir, también en el campo del Derecho Penal.

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En poco tiempo, muy poco, hemos pasado de hacer sentencias a mano, en máquinas de escribir (primero manuales y después eléctricas), en el ordenador y a las bases de datos. ¡Cuánto y que mal se utilizan! Cansados estamos de ver sentencias que son un corta y pega, a su vez, de sentencias y más sentencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, de nuestros Tribunales Constitucional y Supremo, de las Audiencias Provinciales pero que carecen, cuasi de forma absoluta, de motivación sobre el hecho concreto enjuiciado. Trabajo esencial del juez, ya desde el Derecho Romano: “da mihi factum dabo tibi ius” o el más extendido, “iura novir curia” (el tribunal conoce el derecho).

Y ahora estamos en plena era digital, hasta el punto de que se está intentado -como así explicó el doctor Marchena- que esta IA sustituya la labor del Juez en dictar sus resoluciones y que tiene un alto porcentaje de aciertos.

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LA IA JAMÁS PODRÁ SUSTITUIR EL RAZONAMIENTO DE UN JUEZ

Pero no, no. Esto no es derecho, esto es otra cosa. Sí, por supuesto, los jueces y magistrados no podemos excluir, antes al contrario, tenemos que valernos de todas las herramientas posibles para dictar mejores sentencias, pero… ¿puede una máquina sustituir el razonamiento, las reflexiones de un juez aplicando el derecho a un caso concreto? No, rotundamente no.

La IA no deja de ser un programa, sí, cada vez más elaborado, más perfeccionado, pero nunca, nunca, podrá sustituir el razonamiento de un juez. Jamás.

El debate se centra en la posible sustitución “de la persona que dicta el derecho por una máquina que haría lo propio, pero a partir de una información tratada mediante fórmulas algorítmicas” (página 61 del discurso) pero… ¿quién controlaría a los programadores? y ¿tendrían responsabilidad penal?

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Más. “La jurisprudencia está en permanente evolución… [por] la necesidad de adaptar su contenido a las nuevas realidades emergentes” (página 75), tal es, ad exemplum, los delitos cometidos a través de las redes sociales (especialmente, pero no sólo, en el ámbito de la violencia de género, tales como el ciberacoso, las ciberamenazas, las cibercoacciones, la sextorsión, etc., que se han ido creando jurisprudencialmente, forzando el tipo legal de estos delitos tradicionales cometidos físicamente, hasta las recientes reformas operadas en el Código Penal vigente de 1995, especialmente a partir de la LO 1/2015, de 30 de marzo) y si aplicásemos sólo la IA nunca evolucionaría.

Item más. “La sensibilidad, percepción y pensamiento humano son absolutamente necesarios para la interpretación de las normas y su aplicación al caso sometido a decisión judicial, algo que nunca podría hacer la IA” y es que “el derecho a motivación de las resoluciones jurisdiccionales -integrado en el contenido material del derecho a la tutela judicial efectiva que garantiza el artículo 24.1 de la CE- no puede satisfacerse con una motivación automatizada en la que el algoritmo sustituye al razonamiento judicial” (página 78). Maravillosa reflexión en la que todos estaremos de acuerdo, sin duda alguna.

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Finalizo. Y nada mejor que hacerlo con la contestación al discurso de Manuel Marchena realizado por el miembro de la Real Academia de Doctores, Jorge Rodríguez-Zapata Pérez, quien afirmó que “los juristas estamos llamados a hacer un esfuerzo para que la justicia abra su espacio a instrumento tecnológicos que complemente en forma necesaria la difícil tarea de enjuiciar en un mundo de tecnologías nuevas en avance constante, pero sin olvidar que la función constitucional de los jueces no puede dejar nunca de ser una tarea genuinamente humana ni apartarse de los principios que legitiman la función jurisdiccional” (página 104).

Somos, en efecto, los jueces quienes debemos, partiendo de toda la información posible y de toda la IA que queramos -y podamos obtener, cuanta más mejor-, valorando las pruebas practicadas en el plenario dictar sentencia aplicando el derecho al caso que se nos somete a juicio.  Reitero, “da mihi factum dabo tibi ius”.

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Y esta función no la pueden, no la deben hacer las máquinas, la IA y sus algoritmos por muy avanzados que estén y su probabilidad de acierto sea muy alta. Sólo los humanos, sólo las personas… sólo los jueces.

Caso contrario quebraría el estado de Derecho y la función esencial del Poder Judicial, dinamitando el difícil equilibrio de los poderes del Estado por cuanto -y cito nuevamente a Rodríguez-Zapata (página 105)- “identificar la tarea de juzgar con la de programar puede representar, en muy poco tiempo, el deterioro irreversible de las bases de nuestro sistema constitucional”.

He dicho (fórmula protocolaria con que finalizan los discurso en las Reales Academias).

Concluyo. Y la conclusión no puede ser otra que la afirmación categórica de que los que podríamos denominar “jueces robots” no pueden sustituir nunca a los jueces humanos, pero sí apoyarles -y mucho- en su labor jurisdiccional.

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Marchena estuvo acompañado en tal alto honor por su mujer y sus dos hijos, ambos también juristas, así como por numerosos compañeros tanto del Tribunal Supremo como de órganos judiciales inferiores. Ninguno de sus amigos nos podíamos perder algo tan hermoso, tan bello, tan importante en su vida y, por extensión, también de su familia y de sus amigos.

Brillante, emotivo, exultante, emocionado. No podía ser menos. Manuel Marchena vivió el acto de una forma tan personal que nos transmitió a todos su estado anímico, especialmente sensible y emotivo. No era para menos… ¡cuánto honor!

Honor para Manuel Marchena y honor para la Real Academia de Doctores de España al haberle nombrado. Sabia decisión. Manuel Marchena, magister magistorum. Enhorabuena.

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