Netflix, Disney y La Sirenita Negra

Cuando Felipe y Aznar, se leía o El país o El mundo, salvo para aquellos que todavía tenían cierta nostalgia por el Régimen. Luego estaba Cebrián para tender la alfombra roja para que Felipe y Pedro Jota la tiñeran de rojo, que no es lo mismo.

En esos días Internet aún no estaba en su apogeo y todavía imprimíamos los resúmenes, editábamos los videos de televisión en videograbadoras, las ruedas de prensa no se manipulaban y creíamos que YouTube era para gente que subía videos haciendo estupideces. Internet no era todavía la primera y última fuente de información y, menos aún, de ocio. Así fue poco a poco la cosa mientras nuestra realidad se fue conformando por lo que decían los diarios, series como Farmacia de Guardia, programas como La Clave del desaparecido Balbín y, sobre todo, por lo que te cuentan en casa o lo que lees en los libros.

La llegada de Internet a los teléfonos móviles fue una revolución que lo cambió todo. Y entonces aparecieron las redes sociales con su mejor versión antes de convertirse en imprescindibles. Como cuando aparece un desconocido ofreciéndote un trato redondo y gratuito y cuando quieres darte cuenta te ha quitado tu casa, tu familia y tu vida.

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Nadie cuestionó el peligro que representa para el desarrollo de las sociedades libres el hecho de que cualquier información pueda estar a solo un clic de distancia de un teléfono móvil. Poco a poco, los primeros resultados que ofrecía Google al usuario dejaron de ser cuestionados. Ejemplo de lo que tenemos hoy no sólo es la población, sino también los periodistas y políticos que defienden sus afirmaciones porque “lo pone en Google”.

han llegado Facebook primero y Gorjeo después. Con su buen rollo, su pajarito y su conexión entre alumnos, que se trataba de ligar. Y acabó siendo una fuente de ingresos para las empresas, un escaparate para vender su reputación online, una fuente de información para los ciudadanos y un altavoz para políticos y activistas. Se ha vuelto tan imprescindible que los periodistas lo utilizamos para conocer las últimas declaraciones del político de turno, que ya copa más titulares a través de sus perfiles en las redes sociales que en las ruedas de prensa.

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Y solo una vez que el forastero bien intencionado se convirtió en un coloso con poder para destituir e instalar gobiernos, comenzó a aplicar políticas que polarizaron a la población, en el caso de Google, decidiendo en función de la dirección IP de cada uno, qué resultados ofrecer al niño que escribe en su móvil sobre cualquier cuestión; o en Facebook, ofreciendo los contenidos que el usuario pasa más tiempo leyendo o con los que más interactúa. Y así sucesivamente.

Por su parte, el tímido pajarito de Gorjeo pronto se convirtió en un velociraptor que aplasta comentarios y fotos que no se ajustan a su concepto de corrección política. Un toro alanceado es motivo de censura, pero la imagen de las fosas comunes en Ucrania no lo es.

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Son empresas privadas. Nadie te obliga a depender de ellos. Pero el caso es que, una vez que logran ser imprescindibles, manejan lo que debes saber y lo que puedes decir a voluntad. Porque ya se han convertido en tu fuente de información y tu mayor fuente de entretenimiento.

Su poder es tal que incluso se atrevieron a suspender la cuenta de un presidente estadounidense, como le sucedió a Donald Trump en enero de 2021 “por el riesgo de incitar a la violencia”. Independientemente de lo que pensemos del personaje, lo cierto es que se decidió cercenar la libertad de expresión del presidente del país más poderoso del mundo, mientras mantiene descaradamente abiertas las cuentas de personas relacionadas con bandas terroristas o dictadores que han obligado personas a huir de sus hogares a millones de personas.

El caso es que una vez que se vuelven imprescindibles, pueden hacer lo que quieran con el usuario, decidir qué lee en su muro o timeline así como impedir que acceda a determinados artículos que tal vez ni siquiera sepa que existen.

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Cuando una cuenta logra ser especialmente crítica con la ideología del despertar, ese virus, como dice Elon Musk, que se extiende como una mancha de aceite por todo Occidente, el pajarito decide suspender temporalmente la cuenta. Unas semanas en el gulag para arrepentirte de no haber pensado correctamente, y empezar de nuevo. Los que regresan lo hacen para luchar, precisamente, contra toda esta censura.

Es curioso cómo esta ideología divide a la población por género, color, raza o inclinación sexual -precisamente en aras de la igualdad- para despertar en ellos nuevamente un sentimiento de opresión que luego permite que esa corriente adoctrinadora se convierta en su único protector. y contra quienes denuncian la perversión que esconde tan incendiaria irresponsabilidad.

Algo similar sucedió con netflix Y Disney cuando Internet llegó a los televisores. Comenzaron como plataformas aparentemente para toda la familia y con una amplia oferta audiovisual.

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Son hoy el embudo por el que hacen llegar a las conciencias de las nuevas generaciones toda esa doctrina que apela a la ideología de género, que niega la biología respecto a la existencia de los dos sexos y busca la aceptación de sociedades líquidas que no son capaces de definir la realidad; con un claro desprecio, además, hacia el concepto de familia tradicional como institución sobre la que se han edificado todas las sociedades hasta ahora.

Como sera el asunto y que tarde lleguemos a todo esto de la batalla por la libertad, que leer mental e inmediatamente la frase “el abandono de la familia tradicional” genera rechazo, a pesar de que la mayoria de la poblacion esta construida y enraizado en y con su propia familia, que sigue siendo lo más sagrado que aún tenemos y lo último a lo que podemos aferrarnos cuando todo se derrumba. Es la institución que nos protege y nos ayuda valernos por nosotros mismos desde que nacemos. Quizá por eso hay que destruirlo. Porque puede ser el último bastión del individuo libre, o quizás menos dependiente del Estado.

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Y como al final todo se trata de libertad y poco más, algunas smart TV ya ni siquiera permiten desinstalar Netflix o cualquier otra plataforma, porque vienen instaladas de serie. Por si alguien se planteó no usarlos.

Y todo este caos social afecta más, una vez más, a los más vulnerables, que no son sólo los de menor poder adquisitivo sino también los que tienen menor capacidad de resistencia intelectual. Que, en cualquier caso, el adoctrinamiento bien vale una buena cartelera de series y películas con las que el niño te deja en paz un rato o todo el invierno.

Por supuesto, usar el cine para adoctrinar está muy retrasado. Es tentador usar la Moviola para imponer el pensamiento único como ya lo han hecho Goebbels, Franco o Chaplin años antes; o para que John Wayne Eran los buenos y los indios los malos de ese Oeste con sudorosos pañuelos rojos al cuello, hasta que apareció Bailando con lobos e hizo lo mismo pero al revés.

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Lo curioso es que todos esos instrumentos que hoy dominan las emociones, el voto y las sociedades occidentales, entraron en escena con una cara muy distinta, al punto de convertirse en pequeñas drogas de consumo diario necesarias para estar en el mundo. Al menos para una parte muy importante de la población, también en el ámbito empresarial y profesional.

Pero con tanta ideología chorreando, Netflix empezó a ver cómo sus usuarios se hartaban de que no hubiera película sin su dosis inclusiva, y se estima que ha perdido un millón de suscriptores en lo que va de año.

Nunca antes a nadie se le había ocurrido involucrarse en la educación de los hijos de otras personas de esta manera. Sorprende que no haya surgido ninguna plataforma alternativa como respuesta al delirio del despertar, devolviendo al espectador el placer de ver películas o dibujos animados sin esa carga ideológica que, sobre todo, convierte al producto en un pestilente soberano.

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No vimos víctimas en el elenco de Fresh Prince of Bel-Air hace 30 años porque todos eran negros porque no vimos si eran negros o blancos. Sólo una familia rica de Bel Air con un sobrino en camino, Will Smith, con quien nos reíamos antes de que nos llamaran a comer. No entendíamos el programa desde una perspectiva racial ni desde otra perspectiva que no fuera seguir las líneas y reírnos en cada episodio. Hoy todo tiene que configurarse desde una perspectiva, generalmente sexual, a la que llaman género para aceptar que hay más de dos sexos. Tantos como dicte la imaginación. La biología reducida a esto.

Así que esa era nuestra libertad. o como cuando steve urkel Quería enamorar a Laura en la serie ‘Cosas de casa’ y nuestro cerebro no hacía una lectura de si eran blancos, negros, ricos, pobres, fascistas o comunistas, porque entonces no pasaba nada. Ocho años permaneció al aire.

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Y de eso se trata hoy. Dirigir a las nuevas generaciones hacia el eterno conflicto entre uno y otro, anulando progresivamente a una de las partes e imponiendo la narrativa victimizada y sesgada de la otra, que coincide con el discurso de la izquierda obsesionada con segregar a la población de nuevo por sexos, colores y otras cuestiones, hasta que cada grupo se convenza de que realmente vive bajo una opresión inexistente.

Este Dia, La Sirenita de Disney es negra, por eso de no ofender no sé muy bien a qué ni a quién, y por eso no entiendo por qué no la han hecho tuerta, tuerta, calva o tartamuda. No entiendo por qué tiene que ser delgada cuando puede ser gorda o por qué han elegido a una bella actriz. ¿Qué pasa con los feos? No le demos ideas a Irene Montero que mañana encarga un nuevo cartel para que los feos no se sientan oprimidos. Y luego las tomas, luego las cuarentonas, luego las pelirrojas, las de senos pequeños y las de senos muy grandes, y finalmente las que tienen pecas en la cara. Que también tienen derecho a sentirse oprimidos primero para sentirse protegidos después.

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Todo esto se une al revisionismo histérico que nos lleva a aceptar como un triunfo las cuotas por sexo, mal llamadas de género; o considerar que los cuentos infantiles escritos hace 125 años no deben enseñarse porque es el príncipe quien besa a la princesa.

Cuesta creer que a estas alturas de la película todavía no pensemos que quizás el camino a seguir sea hacer nuevas historias, donde sea ella quien salve al príncipe y que podamos leerlas todas y quedarnos con la que nos guste. la mayoría

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