Prohibido perder la esperanza: “no hay salario que pague esa sonrisa”

 CAMAGÜEY.-Todavía no saben nada del mundo, ni conocen la vida con todos sus matices y colores; porque su pedacito de planeta es blanco y verde. Para la gente de ese mundo complejo, no importan los sacrificios ni los problemas del exterior, pues perder la esperanza, allí, está prohibido.

La Sala de Terapia Intensiva del Hospital Pediátrico Eduardo Agramonte Piña es el lugar que nadie quiere visitar, un sitio de dolor, pero también de vida. Te recuerda que cada segundo cuenta y hay personas batallando mucho, por una milésima más.

Con cuarenta años de fundada, esta Sala representa orgullo y referencia en la salud camagüeyana:

Fotos: Leandro Pérez Pérez/AdelanteFotos: Leandro Pérez Pérez/Adelante“Constituye un servicio insigne de nuestra institución y de la provincia- así la describe el Dr. Leonardo Ramírez Rodríguez, director de la institución. Allí se atienden niños graves y críticos y se decide diariamente la vida de esos pacientes, por eso nos ofrece la garantía de una asistencia médica de calidad. Resulta un honor contar con esta Sala, creada en un contexto complejo de dengue hemorrágico en Cuba y en cuya construcción, estuvo presente nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz”.

Inaugurada en diciembre de 1982, cuenta actualmente con 11 camas polivalentes y dos camas de aislamiento para casos sépticos, con una estructura que facilita la vigilancia intensiva de los infantes.

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La doctora Mei-Ling Fuster Marshall ha trabajado allí desde que se graduó de la Especialidad de Médico Intensivista. No tiene horarios ni pensamientos para los asuntos de la vida cotidiana, pues para ella hay una motivación mayor en ese sitio:

“Por las complejidades de la cotidianeidad y la situación que vive el país, es un desafío enorme venir acá cada día y trabajar hasta la hora que sea necesaria, para ver resultados, en su mayoría, inmediatos. Pero observar a estos niños evolucionar favorablemente, es un sentimiento indescriptible; escuchar el agradecimiento de una madre, eso no tiene precio. No hay salario que pague el valor de esa sonrisa. Por eso no nos rendimos y nos apoyamos tanto entre los que trabajamos acá, por la única recompensa de ver esa sonrisa”.

Las piernas y el alma tiemblan al entrar a la sala, no solo por la temperatura tan baja; sino por los rostros, por las edades, porque a veces, los aparatos son más grandes que sus cuerpos. Por eso, mientras el fotógrafo experimentado les robaba la risa a los niños, la Jefa de Enfermería se me acercaba y decía:

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“Aquí el corazón se te tiene que poner de piedra, y al mismo tiempo, esta Sala te hace ser cada vez más sensible; es muy complejo”.

Ella es Lourdes Rodríguez Marrero y se mueve con agilidad, como si estuviera en casa; mapea de memoria el lugar y ubica a cada persona y objeto. Es la ventaja de trabajar 27 años en el mismo sitio:

“Es un trabajo hermoso y difícil. Hasta las lágrimas saltan a veces, pero siempre procurar que todo esté en orden y que ese niño salga de aquí lo más rápido posible, es nuestra meta y en ella ponemos todo el esfuerzo necesario”.

Al enfermero Leo no le gustaban los niños; sin embargo, en esta Sala, en tan solo un año y medio de graduado, ha aprendido a amarlos y a ser todo lo que ellos necesitan.

“Ver a un niño salir recuperado, es la felicidad más grande del mundo y me siento muy orgulloso de contribuir a salvar vidas en este lugar. El niño que más me ha impactado fue David, paciente de dengue hemorrágico; cuando yo lo vi salir de todo eso victorioso, creí en la fuerza de estos pequeños. La Sala ha representado un reto y un crecimiento muy grande desde lo humano y lo profesional”.

“La limpieza tiene que ser imprescindible”, explica la Auxiliar Margarita Cardona Gutiérrez. “No soy parte del personal médico, pero es imposible trabajar aquí sin sensibilizarse, sin involucrarse en cada historia, sin querer laborar cada vez mejor, para que esos bebés se curen. Es un honor para mí poner mi granito de arena en un lugar como este, donde se decide la vida de las personas”.

Abel es uno de los rostros infantiles en las camas de la sala; llegó con una celulitis orbitaria y su mamá, Anaila, solo puede mostrar su reconocimiento al buen hacer: “Estoy muy agradecida, tanto de los médicos, como de los enfermeros y enfermeras, y el personal de servicio. Ellos le han dado a mi niño las mejores atenciones, me han mantenido informada todo el tiempo de su situación y han estado alertas en cada instante, muy pendientes a sus dolores y a sus necesidades. Lo único que puedo hacer es agradecerles por tanto amor y tan excelente trabajo”.

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La enfermera Yamisley Labrada de la Cruz conoce el reto que significa ser parte de una Sala de Cuidados Intensivos:

“En un momento puedes tener un paciente grave y solo debes observarlo, pero a veces tienes que dar aerosol cada una hora, o cada veinte minutos; y en ocasiones todo se decide en cuestión de segundos. Por eso el personal de aquí es tan sacrificado y tan valiente, porque no puedes rendirte nunca, ni confiarte, debe ser una labor constante y de mucho cuidado”.

Una doctora le da calor, con su bata, al estetoscopio: “se pone muy frío y lo caliento para que no brinquen cuando se los coloque en el pecho”. Mientras, una enfermera se asegura que los dos piecitos queden debajo de la colcha y una madre observa confiada. Sabe que su bebé está en manos tan buenas, en esas manos que no conocen el miedo ni el temblor por el frío de la Sala. Porque hay sonrisas que están esperando para aflorar, cuando la tempestad se vaya y entonces, no haya forma más auténtica de decir “gracias”.

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