Promesa y cumplimiento

Uno de los elementos básicos de toda cosmovisión es la manera de entender el tiempo. El ciclo solar anual condiciona los trabajos agrícolas y las otras actividades humanas. La reiteración del ciclo conduce del modo más natural a una concepción circular del tiempo. Lo que fue volverá a ser, y el presente ya tuvo su prefiguración en el pasado y tendrá su reiteración en el futuro.

Sin embargo, en la cosmovisión judeocristiana, el tiempo se funda en la libertad y el amor de Dios, que promete y cumple; no en los ciclos astrales. La promesa a Abraham, Isaac y Jacob de que tendrían una numerosa descendencia y llegarían a heredar la tierra de Canaán; la promesa que impulsó a Moisés a guiar al pueblo de Israel de la esclavitud a la Tierra Prometida; la promesa de que el reino de David no tendría fin y finalmente la esperanza mesiánica del tiempo postexílico de que Dios enviaría a un hijo de David para reinar y liberar a Israel son los antecedentes en que se inserta el cristianismo con sus propias promesas de futuro. Jesucristo enseñó que en él se cumplían esas expectativas del judaísmo y que al final de los tiempos él mismo vendría con gloria y majestad para resucitar a los muertos y llevar al Reino de Dios a los que le fueron fieles y vivieron según el evangelio.

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Por supuesto, se trata de un futuro que trasciende el tiempo histórico, le da plenitud y lo remata. Al final ya no habrá tiempo, sino eternidad, que será el mismo Dios. En él viviremos con nuestra identidad, pero también en la relación de fraternidad fundada en la paternidad de Dios. Dios guía la historia hacia esa plenitud iluminando con su gracia la libertad y el amor humanos, incluso si con frecuencia eso no parezca evidente. En esa dinámica de la humanidad entera se inserta el futuro de cada creyente. Vivimos esta vida en función de esa esperanza futura. Esa convicción no se transforma en evasión, pues el logro personal de la plenitud futura depende de la responsabilidad moral y religiosa con la que hayamos administrado las realidades de este mundo en las que a cada uno le haya tocado vivir.

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La convicción de fe de que la plenitud está en el futuro que trasciende el tiempo inspira y motiva la actitud de que también el futuro temporal puede ser mejor que el presente. Mientras los griegos clásicos estaban obsesionados por el sino, fruto del capricho de los dioses, que da lugar a las tragedias prescritas e inevitables que determinan la existencia humana; mientras los romanos veían en la ley y el debido culto a los dioses la estabilidad de la organización del imperio; y los pueblos mayas vivían sometidos a la cuenta de los días, los años y los baktunes milenarios que ruedan sobre sí mismos de modo que la vida de los pueblos y de cada persona está configurada por la recurrencia calendárica, los cristianos hemos introducido otro modo de vivir el tiempo.

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El tiempo y la historia —que es la forma como el tiempo se hace humano— no giran sobre sí mismos ni están preestablecidos, sea por decreto de los dioses o por la conjunción de los astros. Como reflejo de la libertad y el amor divinos, toda persona es libre y ama, está abierta al futuro personal que debe configurar a través de sus acciones responsables; cada persona contribuye a su modo a la historia de la humanidad en la que vive y actúa. Dios mismo se ha insertado en esa historia en la persona de Jesucristo, y desde dentro y sin menoscabar la libertad personal de cada uno, ha dado a la historia una meta y un fin: Dios mismo. El tiempo litúrgico del adviento, previo a la celebración de la Navidad, es oportunidad y motivación para ejercitarnos en el deseo de Dios como nuestra plenitud personal y de la historia humana.

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