¿Qué pasa en 100 días de educación? – Columna de Francisco Cajiao – Columnistas – Opinión

Dicen que lo que se hace sin tiempo no lo respeta el tiempo, y esto sí que vale en la educación de un país, pues los cambios importantes tardan en decantarse y convertirse en estructuras culturales de una sociedad.

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Tiene razón el ministro al señalar que le ha correspondido a este gobierno enfrentar una situación muy difícil, originada en la prolongada anormalidad de la pandemia. Ya hay evidencia del atraso de los estudiantes en su desarrollo académico y comienzan a conocerse datos sobre el impacto que el confinamiento ha tenido en la salud mental tanto de los niños como de los adultos.

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Los indicadores disponibles muestran que las brechas sociales –grandes históricamente– se ensancharon y hay una preocupación generalizada de secretarios y secretarias de Educación de varios municipios en los que he estado, sobre el alto porcentaje de estudiantes en alto riesgo de perder el año, sin que se haya trazado ninguna política general al respecto. Es un asunto muy preocupante, pues los más seguros candidatos son quienes estuvieron en condiciones más desfavorables durante el largo período de cierre de los colegios.

Todos los gobiernos hacen programas y proyectos que no pasan de ser reformas de maquillaje: costosos y de corto plazo. Se inventan cosas bonitas, planes pilotos y experimentos reducidos. Cosa bien distinta es darle al sistema la estructura que necesita para abordar los problemas de inequidad, de acceso a una calidad que permita culminar en trayectorias exitosas en la educación superior, consolidar una cultura ciudadana que se refleje en la conducta de quienes ejercen liderazgo social y desarrollar desde la infancia altos estándares de valoración de la ciencia y la cultura, con la disciplina que eso implica. Ese propósito trasciende con mucho la tentación de las victorias tempranas.

El actual gobierno ha insistido mucho, y con razón, en la necesidad de ampliar las oportunidades de acceso a la educación superior de miles de jóvenes que hoy apenas concluyen su bachillerato, pero eso no será posible sin una mejora sustancial de la educación básica y media. Adolescentes que culminan la secundaria sin saber leer y escribir, con bajísimas competencias en razonamiento matemático y muy poca motivación y disciplina personal para enfrentar problemas complejos difícilmente pueden cursar una carrera profesional. Se necesita algo más que cupos.

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La idea de una paz total, más allá del desarme de grupos violentos, implica una visión de sociedad distinta a la que estamos acostumbrados a reproducir a través de nuestro sistema educativo. Vivir en paz significa, entre muchas cosas, compartir valores que hoy nos resultan casi exóticos: la confianza en el otro, el respeto y acatamiento de la ley, el uso de la razón por encima de la fuerza o de los privilegios del poder, la solidaridad y el cuidado de lo público…

No es casual el hecho de que la educación haya sido el objeto de preocupación más serio de los grandes pensadores en todos los tiempos, pues la forma en que se educan las nuevas generaciones anuncia los tiempos que puede esperar una sociedad.

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Para nadie es un secreto que el acto pedagógico se concreta en cada institución educativa, en cada comunidad, en el muy concreto ámbito de la cultura local. Ningún niño o niña abandona su escolaridad porque esté en desacuerdo con un ministro o con un plan de desarrollo, sino porque en su contexto específico no tiene respuesta a su expectativa. Pero comprender la identidad del país, sembrar grandes sueños de progreso y crear las condiciones para que en cada colegio sucedan las cosas más extraordinarias sí es el gran desafío del gobernante.

Siempre será más fácil saber qué ha sucedido en educación en los últimos cien años que en los últimos cien días, pero los primeros cien días dan una pista de por dónde irán al menos los próximos diez años.

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FRANCISCO CAJIAO
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