Solidaridad a prueba de agotamiento

La familia Mañanes cuida y protege a tres hermanos ucranianos que huyeron del horror de la guerra durante el pasado mes de abril. La tarea no es nueva para ellos, ya que desde 2009 y, a través de la Asociación Chernóbil Elkartea de Donostia, acogen a menores de esa zona de Ucrania durante las vacaciones veraniegas y de Navidades. Por ello, no lo dudaron ni un momento y se mostraron prestos a la hora de acoger a tres hermanos, de 19, 15 y 8 años, de los cuales, los dos mayores llevan viniendo a su casa del barrio de Sansomendi desde que tenían 6 años.

Lo hicieron para salvaguardar la vida de Andryi, Veronika y Karina, quienes son “parte de la familia”, y facilitarles un piso en el que los tres estén “juntos” y “protegidos”. Ni volverían atrás ni se arrepienten de ello. Es más, están volviéndose “locos” con todos los papeleos y trámites que tiene que realizar para obtener la “guarda y custodia” de los chavales, pues el trabajo que supone darles refugio es arduo y costoso. Henar, la madre, junto con sus hijos Javi y Aitor y la ayuda de la novia de este, Irene, así como la pareja de Henar, hacen un esfuerzo sobrehumano para llevarlo adelante.

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Están “agotados”. Sí, porque solidaridad y agotamiento no están enfrentados. Al revés, ser una familia de acogida supone un gran sacrificio y, más si los acogidos son tres hermanos, dos de ellos menores, que acarrean una “dedicación total” y esfuerzo diario. Así lo expone Aitor. “Es mucho trabajo. La verdad es que satura. Es una gran responsabilidad e implica un desgaste emocional muy grande”. Aitor habla con conocimiento de causa y es que a los 25 años que tiene ejerce de “padre” de los tres chavales. “Ya te puedes poner la pilas y estudiar”, le apela a Andryi, quien está apunto de iniciar el curso en el E.P.A. Paulo Freire con el objetivo de aprender a leer. Un cambio de rol en toda regla, ya que cuando el joven ucraniano llegó a Vitoria por primera vez, Aitor tenía 12 años, solo seis más que Andryi, y Javi 15. Vamos, dos hermanos mayores para él. Es una relación que va más allá de lo personal y entra en el ámbito totalmente familiar al conocerles desde que tenían seis años. La red de la Asociación Chernóbil Elkartea aporta su apoyo de forma altruista y desinteresada.

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La familia Mañanes se “hace cargo de todo”. Asume los costes económicos que supone tener a tres chavales en casa, su manutención, el pago del viaje para que pudieran escapar de Ucrania, los estudios, sanidad y la ropa que pudieran necesitar. “Es un esfuerzo muy grande porque son tres miembros más en la familia con lo que ello conlleva, pero no podemos permitir que acaben en un albergue”. “Queríamos tener a los tres juntos. No se les puede separar”, relata Javi. En este sentido, echa en falta un mayor soporte por parte de las instituciones. “Es la hipocresía de la solidaridad. Los políticos se llenan la boca diciendo que vengan ucranianos, que los acogeremos, pero una vez que están aquí no se les ofrece nada. Conocemos a varios refugiados que han regresado a su país, a zonas de guerra, porque aquí no tienen para vivir”, reprocha. Tan solo Andryi recibe una pequeña ayuda de Cáritas, gestionada por el Gobierno Vasco, al ser mayor de edad con dos hermanos a su cargo. Al igual que otras familias acogedoras, el papeleo les trae de cabeza.

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“Llevamos meses con ello y supone mucho tiempo y esfuerzo”, explica Aitor. “Enterarte de cada trámite, de todo lo que se necesita, tener paciencia”, resopla, señalando la carpeta donde su madre guarda todos los papeles. La familia gestiona los trámites para obtener la guarda y custodia de los chavales para lo que sus padres han firmado un poder notarial, llevan semanas esperando a que les faciliten los Números de Identidad de Extranjeros (NIE) definitivos, las citas con el dentista, la escolarización y el tratamiento oncológico que Andryi recibe en Osakidetza al padecer cáncer de huesos. “En la zona de Chernóbil todo el mundo tiene cáncer, es como aquí la gripe”, expone Aitor antes de agradecer el trato y las facilidades de Osakidetza a la hora de atenderle de su enfermedad. “En su país le pudieron salvar la pierna y aquí le están haciendo un tratamiento que era inviable en Ucrania por su agresividad”.

Durante la conversación manifiestan sentimientos de culpabilidad por enumerar las dificultades a las que hacen frente para educar y criar a los tres niños exiliados, pero, a pesar de que la tarea “no es fácil”, no reprenden nada y se muestran “muy contentos de poder ayudarles”. Al escucharles, viene a la cabeza el Síndrome de Desgaste por Empatía (SDE) que acuñó el psicólogo Charles Figley para referirse al agotamiento emocional que determinados profesionales y personas sufren por trabajar con individuos traumatizados. Es el “residuo emocional resultante de la exposición diaria con aquellos que sufren las consecuencias de eventos traumáticos”.

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La incertidumbre respecto al tiempo de acogimiento también suma la carga de responsabilidad. Y es que la actual situación difiere mucho de cuando Andryi y Nika pasan las vacaciones en acogida en Gasteiz. “No es lo mismo venir unos meses en verano y Navidades a disfrutar de las vacaciones, de la playa y el pueblo que ahora que tienen responsabilidades y hay que estudiar”, comenta Henar. A pesar de desconocer su tiempo de estancia, la familia tiene intención de, como mínimo, “acogerles durante todo el curso escolar”. La vuelta al cole significa un respiro para la familia que hasta ahora hacía malabarismos con sus horarios de trabajo para poder atenderles. De la escolarización se encarga el Gobierno Vasco para buscarles el centro “más cercano” al hogar familiar, pero los gastos corren de mano de la familia acogedora. Así, tendrán que hacer frente a la cuota del colegio concertado Paula Montal en el que estudia Veronika, mientras que la pequeña Karina ha empezado tercero de Primaria en la ikastola Barrutia.

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Nueva vida

Los tres chavales afrontan una nueva vida en Gasteiz “muy diferente” a la de su localidad natal, Dityatki, un pequeño pueblo cercano a los 500 habitantes, situado a 28 kilómetros de la central nuclear de Chernóbil. La localidad es centro administrativo de uno de los principales puntos de control que dan acceso al área de exclusión y actúa como entrada de turistas ávidos de desastres tanto a la ciudad abandonada de Prípiat como a la central nuclear. Los tres hermanos se comunican y entienden en castellano al venir a Vitoria desde los 6 años y la pequeña también se expresa con soltura, además de superar en el euskera a sus hermanos mayores. Andryi recuerda cómo, al principio, se comunicaba mediante “dibujos y pegatinas” que iba colocando en las puertas de casa para hacerse entender. En Vitoria “estoy a gustísimo”. “Mi pueblo es muy pequeño y esto es una ciudad muy grande con muchas tiendas y que tiene de todo”, resalta para rememorar que “flipó” cuando vio El Boulevard.

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La familia acogedora destaca la importancia del tratamiento contra el cáncer que recibe en Euskadi, una buena atención imposible de disponer en su área de Ucrania ante la falta de recursos. “Sus condiciones de vida allí son muy duras”, revela Aitor, “viven como vivíamos en España en los años 40”. El mayor de los tres hermanos dice sentirse “bien”, aunque “cansado” por las sesiones de quimioterapia. Andryi es muy sociable y “echado pa’lante”. Con cara de travieso explica que no tiene muchas ganas de empezar a estudiar y que lo que más le gusta de Vitoria es la comida e ir a la piscina. Está “contento” de estar aquí junto con sus hermanas, aunque echa de menos a sus padres con quienes hablan varias veces todos los días al ser ahora las llamadas gratuitas con su país y se mandan fotos y vídeos vía móvil. Su madre tuvo la posibilidad de venir con ellos, pero no quiso dejar solo a su padre, amplia Nika. Henar explica que les han invitado a venir, pero que, por el momento, no han querido. Veronika es de primeras más introvertida, aunque se anima durante la charla y comenta que también se encuentra “bien” en Gasteiz. Tiene su cuadrilla de amigas con las que sale “por ahí” y le agrada que “la gente de aquí es más abierta” que la de su país.

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Peor lleva cumplir con las normas del colegio y cuenta las facilidades que tiene con el castellano. “Soy autodidacta. Desde pequeña leía un montón de cosas en español”, narra orgullosa. La realidad entre un lugar y otro es abismal. “El colegio es muy diferente. En mi pueblo el profesor de inglés bebía y se quedaba dormido en clase”, describe Nika con gesto contrariado. Irene reseña que Veronika y Karina tienen amigos al haber “socializado en el colegio” durante el final del pasado curso escolar. Karina ha sido la última en llegar a casa de los Mañanes donde está “muy contenta” y se lo pasa “muy bien”. Cumplió los 8 años hace dos meses en Vitoria y tiene “muchos amigos” en la ikastola. Lo cuenta nerviosa y abrazando fuertemente a Sua, una de las dos perras, junto a Arysa, de raza american staffordshire, que completan a esta familia numerosa de ocho miembros.

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“Arysa también es de acogida”, puntualiza Aitor, “la cogimos de la perrera con 2 años”. Mucho ha cambiado en estos cinco meses desde que Karina entró por la puerta “gritando como una loca asustada” por los ladridos de las canes, a hoy que los acaricia, achucha y aplasta a su antojo. Karina participa del programa Aukerak Suspertzen del Gobierno Vasco que ofrece apoyo educativo extraescolar a menores en situación de desventaja social. Con tan solo dos meses de ikastola, la pequeña es la que mejor domina el euskera de los tres hermanos y para demostrarlo empieza a enumerar los números en lengua vasca. Por su parte, Aitor evidencia, entre risas, menos soltura a la hora de listar los días de la semana en ucraniano. La verdad es que con cinco jóvenes y dos perras la casa rebosa alegría y algarabía por todas partes. “La convivencia es buena, pero no es un cuento idílico”, puntualiza Henar. “Son hijos. Discutimos mucho, nos reímos mucho, también nos enfadamos. Como en todas las familias”, sentencia.

Odisea de viaje

Los habitantes de Dityatky fueron testigos directos del comienzo de la ofensiva rusa sobre suelo ucraniano. Vivieron durante semanas la ocupación rusa con el temor de la guerra y al que se produjera una nueva catástrofe en la zona. Actualmente, la localidad sigue siendo uno de los lugares más radiactivos del planeta. Henar narra que, hoy en día, “la situación está más o menos estable”. Así se lo trasladan los padres de sus acogidos, ya que en “el norte hay menos conflicto”, aunque “se ven movimientos de tanques”. Andryi, Veronika y Karina vivieron una auténtica odisea de cuatro días hasta llegar a Bilbao el pasado 24 de abril. “Fue horrible”, evoca Nika. “El autobús estaba lleno de niños gritando y llorando y hacía mucho frío”. Los hermanos huyeron de mano de la Asociación Chernóbil Elkartea en un autobús rumbo a Kiev, pasando la frontera polaca, para discurrir por Katowice, Chequia, Alemania y Francia antes de llegar a Euskadi en un viaje de casi 3.300 kilómetros.

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“Fue una paliza tantos días seguidos en el bus. Dormir como puedes con las mantas y descansar en la carretera”. Al principio se planeó hacer el traslado “en barco, pero se descartó por la guerra”. El viaje se inició con un buen sobresalto para ellos. Al intentar salir del país, miembros del ejercito ucraniano bajaron a Andryi del autobús para incorporarlo a filas. “Me asusté muchísimo. Me tuvieron más de 20 minutos en la calle comprobando todos mis papeles”. Un tiempo en el que se le pasaron muchas cosas por la cabeza y temió no poder acompañar a sus hermanas pequeñas. “Les enseñé los papeles de mi enfermedad y de la pierna”, insiste Andryi, quien, finalmente, logró reanudar el viaje porque “la asociación lo puso de monitor” para que pudieran salir del país.

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Junto a ellos llegaron a Euskadi más menores y alguna madre y abuela. Se trata de niños de familias sin recursos que viven en un entorno contaminado por la radiación nuclear y que se encontraban bloqueados entre Kiev y la zona de exclusión de Chernóbil. En su huida, dejaron atrás un rastro incontable de tanques y carros de combate destrozados que Andryi fotografió con su móvil a través de la luna del autobús. Allí dejaron la sin razón de la guerra y afrontan ahora, los tres juntos, un presente de esperanza gracias a la inmensa solidaridad, respaldo y esfuerzo de Henar, Aitor y Javi.

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