“Tenemos un grado de libertad enorme para decidir cómo queremos vivir nuestra vida”

22:24 Para vivir mejor

Por Aldara Martitegui – Periodista de Nius Diario.

Dice Mariano Sigman que se
metió en la neurociencia no tanto
por conocer el funcionamiento
de tal tipo de neurona, en tal tipo
de sinapsis, en tal zona del cerebro,
sino porque le interesaban las
preguntas que se viene haciendo el
ser humano desde hace siglos: por
qué sufrimos, por qué nos reímos,
por qué recordamos lo que recordamos…

“A uno le interesa responderse
a preguntas sobre el ser humano
pero, en última instancia, esas preguntas
se refieren siempre a uno
mismo”, explica este neurocentífico
argentino afincado en España.
La excusa para hablar con Sigman
es la reciente publicación de su libro,
El poder de las palabras (Debate,
2022) en el que saca la neurociencia
del laboratorio para bajarla
al terreno de juego, a la vida. Sí,
la neurociencia es muy importante
para la investigación sobre enfermedades
del cerebro, pero también
lo es para ayudarnos a vivir mejor,
más conscientes de cómo somos,
más conectados con quiénes somos.

“Es que mi vida está llena de
errores y de cosas que querría cambiar;
esa es la razón por la cual escribí
este libro”, confiesa.
Las preguntas que Mariano Sigman
se hace en su libro no son nuevas,
son las de la psicología, del psicoanálisis;
son las preguntas que
mucha gente se ha hecho ya en la
historia del pensamiento humano:
son las mismas preguntas de Montaigne
y de la tragedia griega; “yo
no me las apropio, pero tampoco
son de Freud. Freud a su vez tomó
de los mitos griegos”.
El mérito que sí es atribuible a
Sigman -al igual que a otros neurocientíficos
del momento tan interesados
como él en “aterrizar” la neurociencia
en la vida de las personas
de una manera práctica- es esta vocación
o anhelo de explicar qué sabemos
hoy -a la luz de la cienciaque
no sabíamos entonces sobre
esas preguntas que nos incumben a
todos y que el ser humano lleva haciéndose
desde que existe.
“Ahora tenemos una tecnología
mejor, tenemos herramientas, estudios
de casos de mucha gente que
ha probado esto y lo otro y sabemos
qué funciona mejor; ya no solo porque
a alguien se le ocurre esa idea,
sino porque hemos experimentado
y sabemos el cómo y en qué condiciones
funciona; es decir, ahora tenemos
como un montón de información”,
puntualiza.

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Pregunta: Este es un libro
repleto de preguntas, pero
también contiene muchas
respuestas: ejercicios, propuestas,
en definitiva, claves
para saber por dónde tiene
uno que empezar para conocerse
un poco mejor. ¿Es un
libro de autoayuda? ¿Cómo
un científico como tú se siente
con el calificativo de autor de
autoayuda?

Respuesta: Sí, yo creo que es un
libro de autoayuda. Ese, para mí ha
sido un ejercicio de resignificación.
Hace un tiempo hubiera dicho que
es un libro de autoayuda bajando
la cabeza como un poco culposo
y ahora lo digo convencido y celebrándolo.
Me jacto de algo que hace
un tiempo me hubiese avergonzado.

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P: ¿A qué crees que se debe
esta mala prensa de la autoayuda?

R: La razón por la cual a los científicos
nos ha chocado la etiqueta
autoayuda es porque trata de simplificar
tanto el proceso, que al final
se termina vendiendo algo que
es imposible. Yo creo que si uno
vende un libro diciendo: mira si tú
lees esto, vas a ser feliz… eso no es
un libro, eso es una estafa, porque
eso no existe. Es igual que si yo te
digo que si lees este libro vas a ser
un buen tenista o si lees este libro
vas a ser un buen ingeniero químico…
Un libro te da un punto de partida,
herramientas, un método, un
orden para comenzar las cosas y,
si a ti te interesa eso, puedes tenerlo
como compañero de viaje o guía
que te marca direcciones para que
puedas trabajar y mejorar. Pero no
es que tú lo lees y vas por la página
120 y ya no te olvidas de nada y eres
feliz y te vinculas bien con la gente.
Lo que te da un libro son herramientas
para poder trabajar en todas
las direcciones.

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P: Tu libro, está cargado
de autoayuda pero con una
base científica. No simplifica
nada, solo “aterriza” la neurociencia
para que podamos
vivir una vida mejor y más
plena…

R: El libro, de alguna manera,
sale como un deseo de ir a buscar
en la ciencia -que nos ha dado cosas
muy buenas- herramientas que
nos mejoran enormemente la vida:
herramientas para que las emociones
no se nos vayan a cualquier lado
y nos hagan ser quienes no queremos
ser, o herramientas para que
tengamos vínculos que se parezcan
más al que anhelamos tener con la
gente que más queremos en la vida,
herramientas para que tengamos
una sociedad menos tóxica, para
que entablemos relaciones mejores,
para que el mapa de las cosas
que queremos hacer y las que
hacemos se parezcan más. Yo creo
que no hay ciencia más pertinente
e interesante que la que responde a
esas preguntas. Y eso es justamente
lo que los griegos llaman la virtud,
que es esencialmente el intentar vivir
una vida mejor, una vida más
acorde y más armónica a lo que uno
querría vivir.

P: Además de leer un libro,
para conseguir todo eso
de lo que hablas hace falta un
importante trabajo de autoindagación
que, a su vez, requiere
tiempo. Si vamos por
la vida como pollo sin cabeza…
¿dónde queda el tiempo
para ese trabajo personal?

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R: Sí, parte del problema es
justamente que no tenemos tiempo
para eso, pero hay una segunda
cosa importante que es que no
tenemos un método. Porque si tú
tienes un problema, pero no sabes
muy bien cómo resolverlo, es
muy difícil que te lances a hacerlo.
Por ejemplo, el deporte es un buen
ejemplo. Si tú quieres estar mejor
físicamente sabes que hay un gimnasio
al que puedes ir, hay muchas
maneras de hacerlo, puedes
ir a correr 30 o 40 minutos tres veces
por semana, por ejemplo. Hay
procedimientos sobre cómo conseguir
correr 20 kilómetros: hay
métodos muy claros sobre cómo
hacerlo. Ahora bien, si yo te digo:
“quiero vivir menos enfadado, o
menos celoso, o quiero atreverme
a hacer cosas que no me atrevo”;
vale, perfecto, me retiro a mi rincón
y me dedico una hora al día a
eso… pero ¿qué hago en ese hora?
como no sabes muy bien cómo trabajar
eso, eso se vuelve muy desalentador.
En gran medida esa es
la razón de ser de mi libro, es como
una especie de guía de viaje, para
orientarte, acompañarte. Lo más
noble que podemos hacer que es
pasar una parte de tu tiempo tratando
de pensar cómo vivir una vida
mejor en el sentido de que se
parezca más a la vida que quieres
vivir.

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P: En tu libro, “El poder de
las palabras”, hablas de que
parte de ese conocimiento sobre
nosotros viene de hacernos
conscientes del lenguaje
que usamos y de cómo lo
usamos para comunicarnos
con los demás y con nosotros
mismos. ¿Elegimos determinadas
palabras automáticamente
sin saber que estamos
creando nuestra realidad a
través del lenguaje?

R: Lo que pasa es que nosotros
estamos llenos de automatismos,
de reflejos todo el tiempo.
Hay un montón de cosas que
no pensamos y las hacemos porque
tenemos disposiciones. Estás
en el tráfico conduciendo y te
rozas con el coche de al lado y bajas
con una disposición, que es la
de pelearse… ya uno baja con este
modo y, en realidad, eso no es algo
que uno decide; realmente sale
así. Pero la realidad es que nosotros
tenemos una oportunidad
de decir: “bueno, a lo mejor voy
a bajar y primero a preguntarle al
otro porque a lo mejor estaba distraído,
tenía un problema, quizás
¿quién sabe?, quizás venía con alguien
enfermo al lado”. Hay miles
de posibilidades que uno ni siquiera
considera y que, si uno las
tuviese en cuenta, bajaría con otra
disposición.

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P: ¿Otro automatismo es el
de no escuchar al otro en una
conversación y estar más
pendiente de lo que vas a contestar
luego que de lo que el
otro está diciendo?

R: Todas estas cosas podemos
cambiarlas y a veces es vital cambiarlas
porque justamente la buena
conversación es la conversación en
la cual hablas con una persona, esa
persona te dice algo que tú no sabías,
que es distinto a lo que pensabas
o que es contradictorio a lo que
pensabas y eso es como una especie
de gota de placer que entra en tu
cerebro porque de repente hay algo
nuevo…es como si de repente has
visto Notre Dame, o como si hubieses
probado por primera vez un sabor
que nunca habías probado.

P: Es que no nos gusta lo
que nos contradice y reaccionamos
automáticamente rechazándolo…

R: Si uno cambia esa predisposición
-que no es tan difícil- para recibir
lo distinto, lo extraño, lo que
nos cuestiona, lo que indaga, no reactivamente,
de repente entras en
un diálogo completamente diferente
en el cual aprecias, en el cual disfrutas
la diversidad, en el cual valoras
el poder llegar a lugares nuevos y
distintos. Yo pienso que hoy, es más
importante que nunca el aprender a
conversar con esa disposición en todos
los planos. Lo vemos en el plano
político e ideológico, en el cual lo
que vemos son como hordas de personas
que piensan algo y hordas de
personas que piensan otra cosas y
que chocan a oídos sordos porque
cada vez que unos escuchan lo que
los otros dicen, no quieren escuchar
nada distinto, están en un modo
confrontación en el que piensan
que tienen la razón y que no hay otra
manera de ver las cosas desde otra
perspectiva. Pero eso que identificamos
muy claramente en el plano político,
también pasa en las esferas de
la amistad, pasa en el plano familiar,
que es que nos falta conversar amorosamente.
Y cuando digo amorosamente
lo digo como valorando y
apreciando sobre todo las cosas distintas.

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P: Conversar amorosamente,
como dices, ¿también
nos permite conocernos mejor
a nosotros mismos?

R: Así conversaban los griegos y
así pensaban los griegos. Ellos entendían
que la manera de pensar
sobre algo es: hay un problema y
el problema lo entiendo más o menos,
que es lo que nos pasa en la vida;
que uno no sabe las cosas con
todo grado de detalle, más o menos
sabes cómo funciona algo. Entonces,
te juntas con otra persona y
empiezas a hablar, te das cuenta de
lo que entiendes, de lo que no entiendes,
de las cosas que no habías
pensado pero que, hablando con
otra persona, se te ocurren. Y, además,
empiezas a recibir un espejo
que no te refleja solo lo que tú produces,
sino que te empieza a agregar
colores nuevos. Entonces te
ves en el espejo como en una realidad
aumentada en la que empiezan
a salir un montón de cosas que
se agregan y es mucho más interesante:
esa es la buena conversación.
Tú tiras algo y vuelve en espejo mucho
más rico que aquello que habías
emitido o lanzado.

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P:¿ Y qué me dices de las
conversaciones que tenemos
con nosotros mismos?

R: Cuando uno se dice: “mira
he pensado que tendría que cambiar
de trabajo; ¿de dónde sale esa
idea?, ¿qué pasó en el cerebro? Lo
que pasó es una conversación. Una
conversación en el seno de tu cerebro,
en el cual aparece una voz que
dice: “estoy cansado, estoy frustrado”,
luego aparece una voz que es
la voz del miedo que dice: “bueno,
pero tienes que vivir” y aparece otra
voz que dice: “sí, pero si no lo hago
ahora no lo haré nunca”.

Eso es
un tumulto de voces que están hablando
en tu cabeza, que es como
una especie de jurado, un conglomerado
de voces que están dando
opiniones desde distintas perspectivas,
desde la perspectiva del entusiasmo,
de la motivación, del miedo,
de la costumbre, de la tradición,
de lo que esperan de ti. El problema
es que esas voces, ese murmullo,
sucede en un lugar muy oscuro, un
lugar en el cual uno tiene muy poca
visibilidad. Todas las ideas son el
resultado de una conversación muy
pobre, pero cuando entiendes eso y
entiendes esa esa esencia, entiendes
que, para mejorar las ideas, para
aclararlas en el sentido de darles
luz, literalmente iluminarlas para
que sean más visibles, más maleables,
llevémoslas a un territorio un
poco mejor para la conversación.

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P: ¿Y cuál es el territorio
mejor para la conversación?

R: Bueno, hay muchos, pero
uno de ellos es hablar con uno mismo
en voz alta. Uno muchas veces
lo que hace es que cuando una
idea ya es importante, empiezas como
a verbalizar en voz alta: “Quiero
hacer esto o hacer lo otro” y ya solo
eso es mejor. Pero es difícil, porque
hablar con uno mismo, salvo
que estés muy entrenado en eso,
no es fácil. La conversación funciona
bien cuando realmente hay
otra persona que te genera esa pulsión
para compartir, es una especie
de rasgo muy humano: el deseo
de compartir aquello que sientes,
el deseo de compartir aquello que
te ocurre, que te acontece, aquello
que estás sufriendo o viviendo. Entonces,
cuando tú sacas las ideas a
ese territorio, que es mucho mejor,
empiezan a aparecer cosas que estaban
en tu cerebro, pero muy camufladas
y escondidas y era muy
difícil ver si eran cosas importantes
para ti o no, si eran correctas, si a lo
mejor era algo que a tú sigues porque
alguna vez alguien te dijo algo y
que en realidad eso no es importante…
y entonces te dices: “yo no quiero
vivir mi vida por algo que alguien
me dijo hace 15 años”. Pero a no ser
que lo saques a fuera, a la superficie,
no tienes cómo ver eso.

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P: Cuando, en la conversación
con uno mismo y/o con
los demás te das cuenta de lo
mucho que te está condicionando
el relato que te haces
de tu propia vida, te das cuenta
de la capacidad que tienes
de cambiar ese relato y, por
ende, tu vida… ¿es este un poco
el mensaje de tu libro?

R: El eje del libro va a entender
que tenemos ese grado de libertad
enorme para decidir cómo queremos
vivir nuestra vida, pero no solo
para decidir cómo queremos vivir
nuestra vida en el sentido de a qué
lugares queremos ir o con qué personas
queremos estar, sino también
con qué color queremos vivir
nuestra vida.