Viajes polinesios, por Ignacio Martínez de Pisón

Por los artistas y escritores que durante los últimos dos siglos han frecuentado la Polinesia sabemos que esas islas son lo más parecido al paraíso terrenal: clima benigno, playas de arena finísima, mares de agua azul turquesa, paisajes sin igual, tierras feraces, comida abundante, hombres acogedores, mujeres complacientes, costumbres relajadas. Si en su momento Eva no hubiera cedido a la tentación de probar el fruto del árbol del Bien y del Mal, todavía viviríamos como los nativos de esas islas, con nuestros ukeleles y nuestros tatuajes, con nuestras guirnaldas, entregados por entero a la molicie, inocentes como el buen salvaje de Rousseau, despreocupados de todo, sin más obligaciones que rehidratarnos con agua de coco y estirar de vez en cuando el brazo para alcanzar un mango o una papaya… ¡Qué felicidad!

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Claro que a lo mejor no todo en esas islas es perfecto. Me han dicho, por ejemplo, que hay por allí unas cucarachas enormes y unos aguerridos mosquitos ávidos de sangre, lo que, al menos para mí, resulta bastante disuasorio. La pregunta es: ¿llegaron esas cucarachas y esos mosquitos a la vez que lo hizo el hombre blanco o estaban ya por allí? El mito establece que los nativos vivían felices en su remoto aislamiento, arcádico, ajeno al mundo, hasta que aparecimos nosotros, los blancos. Y lo malo es que, al menos en parte, es verdad: entre otras cosas, los europeos llevamos a la Polinesia enfermedades como la tuberculosis, la sífilis y la viruela, que diezmaron la población local hasta en un noventa por ciento. Al lado de eso, lo de las cucarachas y los mosquitos parece un problema menor.

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FOTO:MANE ESPINOSA.TAHITI Y SUS ISLAS. COMPLEJO HOTELERO INTERCONTINENTAL MOOREA RESORT

 

Mané Espinosa

La idea de que en esas islas paradisiacas todo lo malo viene de fuera sigue fuertemente arraigada en nuestro imaginario. Por si no han visto Pacifiction, la película de Albert Serra, aquí va una posible sinopsis: el principal representante de la Administración francesa en Tahití, hombre respetado y querido por los isleños, descubre casi sin querer el programa de ensayos nucleares con el que el Gobierno de París amenaza la pacífica vida del archipiélago… Hasta aquí puedo contar, pero lo que sugiere la película de Serra es que los políticos de la metrópoli no han vacilado en sacrificar el ecosistema y la población locales, que quedarían devastados. Nuevamente el tradicional reparto de papeles, en el que la pureza queda en el lado de las islas y la podredumbre en el de Europa. ¿Pero con qué argumentos podríamos discutir ese reparto después de lo de Mururoa, el atolón que tras la independencia de Argelia fue escogido por el Gobierno francés para proseguir con su programa nuclear y que durante tres décadas, hasta mediados de los noventa, acogió nada menos que dos centenares de pruebas?

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La idea de que en esas islas paradisiacas todo lo malo viene de fuera sigue arraigada en nuestro imaginario

No soy ningún experto en asuntos polinesios­, pero esta semana me he puesto al día gracias a El sueño de Tahití, el colosal vademécum que el escritor Ale­jandro Ratia acaba de publicar. Por sus páginas asoman Robert Louis Stevenson­ y Paul Gauguin, que sin ser los pioneros señalaron el camino a muchos otros que llegaron después. Como Marcel Schwob, que viajó hasta Samoa para visitar la tumba de Stevenson y llegó­ tan cansado que no tuvo fuerzas para subir la última colina. O como Victor Segalen, que arribó a las islas Marque­sas siguiendo las huellas de Gauguin cuando este llevaba tres meses enterrado.

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Hay muchos otros nombres de personajes ilustres que pasaron largas temporadas en aquellas tierras, como Sterling Hayden, el actor de Johnny Guitar, o como Zane Grey, el popular autor de novelas del Oeste. Los capítulos que me resultan más cercanos son los dedicados a los viajeros catalanes: a Aurora Bertrana, que triunfó en los años treinta con sus reportajes y relatos maoríes, y a Josep Maria de Sagarra y Mercè Devesa, que a finales de 1936 partieron en luna de miel hacia los mares del Sur. En ese viaje fueron concebidos un libro, La ruta blava, que es ya todo un clásico de la literatura de viajes, y un hijo, mi amigo Joan de Sagarra, que nacería en París a comienzos de 1938. Muchos años después, en el 2008, el propio Joan reprodujo para un documental de TV3 el itinerario de La ruta blava y conoció a algunas ancianas a las que sus padres habían fotografiado siendo niñas. De ese modo cerró una larga travesía iniciada más de setenta años antes.

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